73
Ona
Cuando vuelvo a entrar en el local, todos intentan fingir que nada ha pasado.
Es adorable.
Y completamente inútil.
Olivia está mirando el móvil demasiado concentrada.
Joel está ordenando cables que ya estaban ordenados.
Clara me mira solo un segundo, lo suficiente para preguntarme sin palabras.
No respondo.
Harry está de espaldas, recogiendo la guitarra.
Se gira cuando oye la puerta.
Nuestros ojos se cruzan.
No sonríe.
Pero tampoco está enfadado.
Eso casi es peor.
—¿Podemos hablar? —dice.
Asiento.
Clara hace un gesto mínimo con la cabeza, como diciendo “respira”.
Salimos al callejón de atrás.
No es romántico.
Pero es privado.
Harry se apoya en la pared.
Yo me quedo frente a él.
No me toca.
No me acusa.
Solo me mira.
—¿Ha vuelto por ti? —pregunta.
Directo.
—Sí.
No tiene sentido mentir.
Asiente despacio.
—¿Sabías que vendría?
—No.
Silencio.
No pesado.
Pero sí real.
—¿Sigues sintiendo algo? —pregunta al final.
Ahí está.
La pregunta que importa.
Podría decir no.
Sería más fácil.
Pero no quiero mentir.
—Sí.
La palabra se queda flotando.
No la exagero.
No la dramatizo.
Solo la digo.
Harry traga saliva.
Mira al suelo un segundo.
Luego vuelve a mirarme.
—¿Más que conmigo?
Esa es más difícil.
—No es una competición.
—Lo sé. Pero para mí sí que lo cambia todo.
Tiene razón.
Claro que cambia todo.
—No quiero hacerte daño —digo.
Y suena horrible.
Porque esa frase casi siempre precede al daño.
—Lo sé —responde—. Y no creo que quieras.
Se pasa la mano por el pelo.
Respira hondo.
—Yo sabía que no estaba cerrado del todo.
Eso me sorprende.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—¿Y aun así…?
—Sí.
Silencio.
No esperaba esa respuesta.
—Pensé que si estábamos bien, si construíamos algo tranquilo… lo otro se apagaría solo.
Me duele escucharlo.
Porque es lo que yo también pensé.
—Y ahora —continúa— no sé si estoy construyendo algo… o esperando a que decidas.
La frase me golpea fuerte.
Porque no quiero que esté esperando.
No quiero que nadie espere por mí mientras yo no sé qué hacer.
—No ser tu plan B —dice.
Nunca lo ha sido.
Pero entiendo el miedo.
—No lo eres.
—Entonces dime que no hay ninguna posibilidad con él.
Silencio.
Y ahí está el punto de no retorno.
Podría decirlo.
Podría cortar esa puerta ahora mismo.
Pero no me sale.
Porque no sería verdad.
Y él lo ve en mi cara antes de que abra la boca.
Asiente despacio.
Como si acabara de entender algo que no quería entender.
—Vale.
Solo eso.
Vale.
Pero ese vale no es aceptación tranquila.
Es resignación.
—No voy a competir con tu pasado —añade.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Lo sé.
Me mira unos segundos más.
Y en su mirada no hay rabia.
Hay tristeza.
Y eso es peor.
—Necesito saber que cuando estés conmigo, estés conmigo —dice—. No a medias.
Mi pecho se aprieta.
Porque ahora mismo… no sé si puedo prometer eso.
—No quiero perderte —susurro.
—Entonces no me tengas a medias.
Directo.
Claro.
Honesto.
Y por primera vez desde que esto empezó, siento que soy yo la que puede romper algo bueno.
Nos quedamos en silencio.
El ruido lejano de la calle entra entre nosotros.
—No voy a tomar una decisión por ti —dice al final—. Pero no puedo quedarme si sigo siendo la opción segura mientras decides si lo intenso vuelve.
Esa frase me desarma.
Porque tiene razón.
Y odio que tenga razón.
—No quiero que te vayas —repito.
—Entonces decide quedarte conmigo.
Y ahí está.
No hay un ultimátum agresivo.
No hay una amenaza.
Solo hay una verdad.
Y yo… no sé si estoy lista para cerrar una puerta que acaba de volver a abrirse.