72
Marc
El aire fuera es más frío de lo que recordaba.
O quizá soy yo.
No debería haber venido sin avisar.
No debería haber entrado así.
Pero tampoco podía seguir mirando historias desde otro país.
La puerta del local se abre.
La oigo antes de verla.
Y cuando sale… todo lo demás desaparece otra vez.
Está diferente.
No físicamente.
Pero sí en cómo se mueve.
Más segura.
Más contenida.
Se para frente a mí.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
—No sabía que venías —dice.
—Lo sé.
Silencio.
No incómodo todavía.
Solo cargado.
—Firmé quedarme todo el verano —empiezo.
No sé por qué digo eso primero.
Quizá porque necesito ser honesto.
Sus ojos cambian un poco.
—¿Y entonces?
—Y me di cuenta de que no quería llegar en septiembre y que ya no estuvieras.
La frase sale sin planearla.
Ella parpadea.
Respira hondo.
—Marc…
—No he venido a hacer un espectáculo —añado rápido—. Solo necesitaba verte. Saber si…
Me quedo a medias.
No sé cómo terminarlo sin sonar desesperado.
—Si qué —pregunta.
—Si todavía hay algo.
La palabra queda flotando entre nosotros.
Algo.
No “nosotros”.
No “amor”.
Algo.
Ella baja la mirada un segundo.
Eso me rompe más que cualquier respuesta directa.
—No puedes aparecer así —dice al final.
No está enfadada.
Está temblando un poco.
—Lo sé.
—No puedes irte, firmar quedarte, dejar todo en pausa… y volver cuando sientes miedo.
Eso duele porque es verdad.
—No es solo miedo.
—¿Entonces qué es?
Me acerco un paso.
—Es que te quiero.
Ahí está.
Sin discurso.
Sin música.
Crudo.
Ella cierra los ojos un segundo.
Ona
Cuando lo dice, el mundo no se detiene.
Pero algo dentro de mí sí.
“No es solo miedo”.
“Te quiero”.
Lo dice igual que antes.
Pero no es igual.
Antes era fácil decirlo.
Ahora pesa.
—No puedes decir eso y esperar que todo vuelva —respondo.
No quiero sonar fría.
Pero necesito ser firme.
—No espero que vuelva —dice—. Solo quiero saber si murió.
La palabra me atraviesa.
Murió.
¿Murió?
No.
Eso es lo peor.
No murió.
Se transformó.
Se escondió.
Se mezcló con otras cosas.
—Estoy con Harry —digo.
Y decirlo en voz alta frente a él lo hace más real.
Veo cómo su mandíbula se tensa.
No hace comentario.
No critica.
Solo asiente.
—Lo vi.
Claro que lo vio.
—No estoy jugando a nada —continúo—. No estoy esperando a ver qué haces.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Sí.
Silencio.
El ruido de coches pasa al fondo.
Londres sigue funcionando aunque el mundo se me esté moviendo.
—¿Le quieres? —pregunta de repente.
Me quedo quieta.
Porque no es pregunta fácil.
—Estoy intentando quererlo bien.
No es respuesta clara.
Pero es honesta.
Veo cómo esa frase lo golpea.
No porque diga que no.
Porque no es definitiva.
Marc
“Estoy intentando quererlo bien.”
Eso significa que no es automático.
Pero tampoco es vacío.
—¿Y conmigo? —pregunto antes de poder frenar.
Ella me mira directo.
—Contigo no tenía que intentarlo.
Eso me deja sin aire.
No porque sea halago.
Porque es comparación.
Y las comparaciones nunca acaban bien.
—Entonces ¿por qué no estás conmigo? —pregunto.
—Porque te fuiste.
Directo.
Simple.
Imposible de discutir.
—Volví.
—Tarde.
Esa palabra es cuchillo.
Tarde.
No grita.
No llora.
Pero cada cosa que dice encaja demasiado.
—No quiero que elijas por culpa —añade.
—No lo estoy haciendo.
—Entonces ¿por qué ahora?
No tengo respuesta perfecta.
La verdad es fea y simple:
Porque vi que podías seguir sin mí.
Y eso me dio miedo.
Pero también porque entendí que sin ti no soy igual.
—Porque te quiero —repito.
Y esta vez no suena como argumento.
Suena como confesión.
Ona
Si esto fuera un libro, ahora se escucharía el sonido de la lluvia.
Pero no.
Solo silencio.
Lo miro.
Y veo algo que no esperaba.
No orgullo.
No seguridad.
Vulnerabilidad real.
Y eso me desarma.
—No puedo romper algo que estoy intentando construir solo porque tú ahora sí puedes quedarte —digo.
Me duele decirlo.
Pero es verdad.
Marc traga saliva.
Asiente.
No pelea.
No insiste.
Eso casi lo hace peor.
—¿Hay alguna posibilidad? —pregunta más bajo.
No quiere que sea ultimátum.
Quiere claridad.
Y yo no la tengo.
Eso es lo más injusto.
—No lo sé.
Por primera vez, no intento sonar fuerte.
No intento sonar decidida.
No lo sé.
Y esa sensación es más honesta que cualquier promesa.
Marc
No es no.
Pero tampoco es sí.
Y eso es peor.
Porque significa que no está cerrado.
Pero tampoco está disponible.
La miro unos segundos más.
Intentando memorizar algo que quizá ya no me pertenece.
—No he venido a romper nada —digo—. Solo necesitaba dejar de huir.
Ella asiente.
—Gracias por venir.
Eso suena a despedida.
No definitiva.
Pero sí adulta.
Y odio que suene adulta.
Doy un paso atrás.
Si me quedo más, voy a pedir algo que no puedo exigir.
—Mañana sigo aquí —digo.
No como presión.
Como hecho.
Sus ojos se mueven un segundo.
Procesando.
—Vale.
Y ese vale tiene demasiados significados.
Me doy la vuelta.
No porque haya terminado.
Porque si me quedo un segundo más, voy a intentar besarla.
Y eso lo rompería todo.
Ona
Lo veo alejarse.
Y el aire vuelve.
Pero no es el mismo aire.
Mi corazón sigue acelerado.
No por nostalgia.
Por realidad.
Pensé que estaba en paz.
Y ahora sé que todavía hay fuego debajo.
No sé qué voy a hacer.
No sé qué significa mañana.
Pero sé algo:
La canción ya no es solo frase suelta.
Ahora tiene nombre.
Ahora tiene motivo.
“Para cuando vuelvas.”
Y acaba de volver.