Para cuando vuelvas 69
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Marc

El avión aterriza demasiado rápido.

O quizá soy yo el que no está preparado.

Cuando las ruedas tocan pista siento ese golpe seco en el pecho que no tiene nada que ver con turbulencias.

Londres.

La palabra aparece sola.

Apago el modo avión.

No abro Instagram.

No todavía.

La gente empieza a levantarse como si hubiera prisa.

Yo me quedo sentado un segundo más.

No he avisado a nadie.

No sabe que estoy aquí.

Y eso convierte todo en una apuesta.

Salgo del avión con la mochila colgada al hombro.

El aire del aeropuerto me golpea la cara.

Huele distinto.

Más húmedo.

Más familiar.

Paso el control automático casi sin darme cuenta.

Mi reflejo en el cristal me devuelve una imagen rara.

No soy el mismo que se fue.

Pero tampoco soy completamente otro.

Cojo el tren hacia el centro.

La ciudad empieza a aparecer por la ventana.

Luces.

Puentes.

Y de repente todos los recuerdos vuelven en ráfaga.

No uno grande.

Pequeños.

Una risa.

Un empujón.

Un comentario absurdo sobre qué personaje de Stranger Things sería mejor.

Aprieto el móvil en la mano.

Podría escribirle ahora.

“Estoy en Londres.”

Pero eso cambiaría el plan.

Y no sé cuál es el plan exactamente.

El tren frena.

Mi parada.

Bajo.

El aire es más frío aquí que en el aeropuerto.

Camino por la calle que conozco de memoria.

Las farolas.

El ruido lejano de música.

Mi corazón late más fuerte cuanto más me acerco.

No tengo derecho a estar nervioso.

Yo firmé quedarme.

Yo elegí.

Pero aquí estoy.

Doblo la esquina.

Y lo veo.

El cartel iluminado del local.

Harrington’s.

Las luces encendidas dentro.

Hay gente.

Risas.

Música suave saliendo por la puerta entreabierta.

Me quedo quieto en la acera de enfrente.

Respiro.

No sé qué espero ver.

Un beso.

Una escena perfecta que me deje claro que llegué tarde.

O quizá nada.

Cruzo la calle.

Cada paso pesa más.

Me acerco a la puerta.

Y entonces la veo.

A través del cristal.

Está de espaldas.

Sentada en el suelo.

El piano delante.

Harry está a su lado.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

No se están besando.

No se están tocando.

Pero hay algo en la forma en que se miran.

Complicidad.

Historia en construcción.

Mi estómago se cierra.

No por rabia.

Por realidad.

Olivia está en una silla giratoria riéndose de algo que Joel acaba de decir.

Clara aplaude.

Ona se ríe.

Y esa risa me golpea más que cualquier beso.

Porque suena feliz.

No forzada.

No comparando.

Feliz.

Podría irme ahora.

Podría darme la vuelta.

Decir que fue una locura adolescente.

Pero no me muevo.

Mi mano toca la puerta.

Y en ese segundo, antes de empujar…

Me doy cuenta de que ya no sé si estoy volviendo para recuperarla…

o para comprobar que la perdí.

Empujo.

La campanilla suena.

Todos miran hacia la puerta.

Y sus ojos se cruzan con los míos.

El mundo no se detiene.

Pero algo sí cambia.