Para cuando vuelvas 66
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Clara

Hay cosas que Ona no dice.

Pero su forma de dejar el lazo en la mesa sí.

Cuando está tranquila de verdad, se lo quita y lo deja en cualquier sitio.

Cuando está nerviosa, lo dobla.

Hoy lo dejó perfectamente doblado.

Eso ya me dice demasiado.

Harry se fue hace una hora.

No discutieron.

No hubo drama.

Pero el aire quedó raro.

La puerta se cerró con un “nos vemos mañana” demasiado correcto.

Demasiado educado.

Ona entró al salón y se dejó caer en el sofá.

No habló.

Eso en ella nunca es buena señal.

Me senté en el suelo frente a ella.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Eso es mentira versión corta o larga.

Suspira.

Se pasa la mano por la cara.

—No sé qué me pasa.

Ahí está.

La frase clave.

—Vale. Empieza por lo que sí sabes.

Silencio.

—Estoy bien con él.

—Pero.

—Pero a veces siento que estoy intentando convencerme de que estoy bien.

Me quedo callada.

No quiero meter palabras en su boca.

—No quiero intensidad tóxica —continúa—. No quiero sufrir. Pero tampoco quiero sentir que estoy actuando un poco.

—¿Actuando qué?

—La versión estable de mí.

Ahí lo veo claro.

No es que no le guste.

Es que todavía hay algo abierto.

—¿Sigues pensando en Marc? —pregunto suave.

No lo digo como juicio.

Lo digo como dato.

Ella no responde al instante.

Eso ya es respuesta.

—No todo el tiempo —dice.

—Pero sí a veces.

Asiente.

—Y eso me enfada.

—¿Por qué?

—Porque ya debería haber pasado.

Me levanto y me siento a su lado.

—Las cosas no funcionan por calendario.

Se queda mirando el techo.

—Hoy me acordé del sofá.

—El sofá no es ilegal.

Me da un pequeño empujón.

—No es eso.

—¿Entonces?

—Es que con Harry todo es fácil. Pero cuando me acuerdo de algo con Marc… no es fácil. Es fuerte.

Silencio.

Eso es lo que estaba viendo desde fuera.

No es comparación constante.

Es diferencia de intensidad.

—¿Y qué quieres? —pregunto.

—No lo sé.

Y esa respuesta es honesta.

Después de un rato se levanta.

—Voy al local un rato.

—Son las diez de la noche.

—Necesito cantar.

Eso sí lo entiendo.

La acompaño.

El local está vacío.

Solo la luz amarilla y el olor a cables viejos.

Ona se sienta al piano.

No dice nada.

Empieza a tocar.

No es la canción feliz de Harry.

No es nada que haya ensayado con él.

Es más lenta.

Más cruda.

Improvisada.

La escucho sin interrumpir.

Las primeras palabras salen casi sin querer.

—“No supe esperar el momento correcto…”

Se detiene.

Se muerde el labio.

Vuelve a empezar.

—“No supe quedarme cuando estabas…”

Se para otra vez.

Me mira.

—Es horrible.

—No lo es.

Vuelve a tocar.

Más segura esta vez.

—“Quizá no era para entonces… quizá era para cuando vuelvas…”

El aire se queda quieto.

No dice nada después de eso.

Yo tampoco.

Porque sé lo que acaba de pasar.

No es canción terminada.

No es declaración dramática.

Es algo que salió solo.

Y eso es lo que da miedo.

—No significa nada —dice rápido.

—No he dicho nada.

—No quiero volver atrás.

—No tienes que hacerlo.

Silencio.

Ella vuelve a tocar la frase.

Más suave.

“Para cuando vuelvas…”

No sabe todavía lo que esa frase va a significar.

Pero yo sí sé una cosa:

Eso no nace si todo está cerrado.

Y aunque esté oficialmente con Harry…

Hay una puerta que todavía no ha terminado de cerrar.