Para cuando vuelvas 65
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Ona

No sé en qué momento empezó a incomodarme que todo fuera tan fácil.

No es que quiera drama.

No soy idiota.

Pero hay días en los que todo fluye tanto que me da miedo estar perdiendo algo que ni siquiera sé nombrar.

Es domingo.

Harry viene a casa por primera vez oficialmente.

Eso ya es diferente.

Antes era local, calle, teatro.

Hoy es casa.

Clara ha fingido que tenía planes para dejarnos espacio.

Mentira. Está con Joel en la cafetería esperando cotilleo.

Estoy nerviosa.

Ridículo.

Ya lo he besado.

Ya es oficial.

Pero que entre en mi casa se siente más serio.

Llaman al timbre.

Respiro.

Abro.

Está sonriendo como siempre.

Trae una bolsa.

—He traído chuches y comida porque Olivia dijo que si no lo hacía no me tomaba en serio como novio.

Me río.

—Tu hermana me controla más que tú.

Entra.

Mira alrededor como si estuviera intentando memorizarlo todo.

—Así que aquí es donde vives.

—Impactante, ¿verdad?

Se sienta en el sofá.

El sofá.

Y por un segundo demasiado corto, veo la manta azul doblada en la esquina.

No la hemos movido desde hace meses.

Y mi cabeza hace clic.

Recuerdo.

No doloroso.

Pero presente.

Me siento a su lado.

Intento no quedarme en esa imagen.

—¿Qué tal el ensayo de ayer? —pregunta.

—Bien.

—Eso suena raro.

—Es que Clara estaba insoportable.

Se ríe.

Y poco a poco la incomodidad se va.

Desayunamos en el suelo como si fuera algo habitual.

Hablamos de música.

De planes de verano.

De una posible escapada a Paris.

Paris.

Plan futuro.

Esa palabra se me clava un poco.

Porque no sé si pienso en septiembre cuando habla de agosto.

—¿Te gustaría? —pregunta.

—¿Qué cosa?

—Irnos unos días. Solo nosotros.

Mi primera reacción debería ser entusiasmo.

Y sí lo es.

Un poco.

Pero también hay otra cosa.

Una pequeña resistencia que no sé explicar.

—Sí, claro —respondo.

Y lo digo de verdad.

Pero cuando lo digo, me escucho.

Y suena a decisión, no a impulso.

Más tarde, estamos viendo vídeos absurdos en el portátil.

Él se recuesta.

Yo apoyo la cabeza en su hombro.

Es cómodo.

Muy cómodo.

Y entonces, sin querer, mi cabeza vuelve a otra escena.

Otra noche.

Otra serie.

Otro comentario tonto sobre quién moriría primero en Stranger Things.

La comparación aparece sola.

No la busco.

No quiero que esté ahí.

Pero está.

Y eso me frustra.

—¿En qué piensas? —pregunta Harry sin mirarme.

—En nada.

Mentira pequeña.

Me aparto un poco.

Solo necesito espacio.

—¿He hecho algo? —pregunta rápido.

Y ahí está el problema.

Marc nunca preguntaba eso.

Marc discutía.

Marc se lanzaba.

Marc no pedía confirmación constante.

Y eso no significa que fuera mejor.

Significa que era diferente.

—No —digo—. Estoy bien.

Me mira unos segundos más.

Como si estuviera intentando descifrar algo.

—A veces siento que te vas —dice.

El corazón me da un golpe.

—¿Qué?

—Que estás aquí pero tu cabeza está en otro sitio.

Quiero negarlo.

Pero no puedo del todo.

—No estoy pensando en nadie —digo demasiado rápido.

Él no responde.

Y eso es peor.

Se levanta.

Va a la cocina por agua.

Yo me quedo en el sofá mirando la manta.

Y por primera vez desde que es oficial…

Siento que hay una parte de mí que todavía no ha cerrado algo.

No quiero volver atrás.

No quiero romper nada.

Pero tampoco quiero fingir que todo es perfecto si no lo es.

Harry vuelve.

Se sienta.

No tan cerca como antes.

—No quiero ser comparación —dice bajito.

La frase me atraviesa.

Porque no es acusación.

Es miedo.

Y no quiero ser la persona que le haga sentir eso.

—No lo eres —digo.

Pero la seguridad en mi voz no es total.

Y él lo nota.

Y yo también.