63
Ona
La primera cosa rara no fue una discusión.
Fue un momento incómodo que duró como tres segundos… pero se quedó dando vueltas en mi cabeza toda la noche.
Estábamos en el local.
Harry estaba intentando enseñarme una canción nueva.
Olivia estaba en una esquina haciendo deberes (o fingiendo).
Yo estaba sentada en el suelo, apoyada contra el amplificador.
—Escucha esto —dijo él tocando el estribillo.
Era pegadizo.
Muy pegadizo.
Demasiado pegadizo.
—¿Te gusta? —preguntó mirándome.
—Sí.
—Eso no es respuesta.
—Vale… me gusta, pero…
—Siempre hay un pero contigo.
Lo dijo riéndose.
Pero algo en mí se puso en alerta.
—No siempre.
—Un poco sí.
Olivia levantó la vista.
—Confirmo.
—Tú no opinas —le dije señalándola.
Harry dejó la guitarra y se acercó.
—Dime el pero.
Suspiré.
—Es muy feliz.
Se quedó mirándome como si hubiera dicho algo rarísimo.
—¿Y?
—No sé. Siento que le falta algo.
—¿Drama? —preguntó en broma.
—No drama. Intensidad.
Ahí fue cuando su expresión cambió un poco.
No enfadado.
Pero más serio.
—No todo tiene que ser intenso, Ona.
La frase me hizo sentir expuesta.
—No estoy diciendo eso.
—Pero lo buscas.
Silencio.
Olivia miró entre nosotros como si estuviera viendo tenis.
—Yo me voy a casa de una amiga —anunció de repente recogiendo sus cosas.
Traicionera.
En cuanto se fue, el local se quedó demasiado quieto.
—No quiero competir con nada —dijo Harry más bajo.
—No estás compitiendo.
—A veces parece que sí.
Eso me dio un golpe pequeño en el estómago.
—No estoy comparando todo el rato.
—No he dicho que lo hagas.
Pero lo pensó.
Lo noté.
Intenté cambiar la energía.
Me levanté.
—Vale, canta tú entonces. Enséñame cómo lo harías.
Sonrió un poco.
Cantó el estribillo exageradamente feliz, casi teatral.
Me reí.
Él también.
Parecía solucionado.
Pero no del todo.
Más tarde, cuando cerrábamos, se acercó por detrás y me abrazó.
—No quiero que sientas que tienes que vivir algo enorme todo el tiempo.
—No lo siento.
—¿Seguro?
No respondí de inmediato.
Porque no lo sabía.
Cuando llegué a casa, Clara estaba pintándose las uñas en el sofá.
—Cuéntame —dijo sin levantar la vista.
—Nada.
—Eso significa que sí que ha pasado algo.
Me tiré boca abajo en el sofá.
—Es raro.
—Eso no es información.
—Es que estoy bien con él. De verdad. Pero a veces siento que… no sé.
—¿Qué?
Me giré.
—Que con Marc todo era como una montaña rusa. Y con Harry es… una carretera recta.
Clara me miró.
—¿Y qué tiene de malo una carretera recta?
—Nada.
—Entonces.
—Que a veces echo de menos la subida.
Silencio.
—Eso es peligroso —dijo ella.
—Ya.
Me quedé mirando el techo.
No quiero caos.
No quiero sufrir.
Pero tampoco quiero sentir que estoy ajustando el volumen de mí misma para que todo sea tranquilo.
Esa noche soñé con algo ridículo.
No una pelea.
No una despedida.
Una noche viendo Stranger Things .
Yo diciendo que Steve merecía algo mejor.
Una risa.
Un comentario tonto.
Me desperté y no estaba triste.
Pero tampoco estaba completamente en paz.
Y eso me dio más miedo que cualquier discusión.