Para cuando vuelvas 62
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Ona

La primera vez que noté algo raro fue en algo mínimo.

Harry me estaba enseñando una canción nueva en el local.

Algo alegre, con acordes rápidos y un estribillo pegadizo.

Olivia estaba sentada en el suelo dibujando en una libreta.

Clara afinaba la guitarra en la esquina.

Todo normal.

Harry empezó a tocar y me miró.

—Entra aquí —dijo señalando el segundo verso.

Asentí.

Empecé a cantar.

La letra era simple.

Demasiado simple.

Y mientras cantaba, me di cuenta de que estaba intentando hacerlo perfecto.

No porque él me lo pidiera.

Porque quería que le gustara.

Y eso me chocó.

Con Marc nunca intenté gustar.

Solo era.

Con Harry, sin darme cuenta, estaba intentando encajar bonito.

Terminamos.

—Ha quedado brutal —dijo él sonriendo.

Sonreí también.

Pero noté algo.

No fue incomodidad.

Fue esfuerzo.

Más tarde, cuando recogíamos, Olivia se fue al baño y nos quedamos solos.

Harry se acercó por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro.

—Me encanta cuando cantas así.

—¿Así cómo?

—Más suave.

—Siempre canto suave.

—No. A veces cantas como si estuvieras luchando con alguien.

Esa frase me dejó quieta.

—¿Luchando?

—Sí. Como si quisieras ganar algo.

No supe qué responder.

Porque en el fondo tenía razón.

Hay una parte de mí que canta para demostrar.

Para probar.

Para competir con algo que ya no está.

—No estoy luchando con nadie —dije al final.

Y no era mentira.

Pero tampoco era toda la verdad.

Esa noche quedamos con unos amigos de Harry en un parque.

Gente nueva.

Risas nuevas.

Historias que no conozco.

Me lo pasé bien.

De verdad.

Pero hubo un momento pequeño.

Una broma que no entendí.

Un recuerdo compartido que no era mío.

Y me sentí fuera.

No mucho.

Un segundo.

Lo suficiente para notarlo.

Harry se dio cuenta.

—¿Estás bien?

—Sí.

Me rodeó con el brazo.

Ese gesto que antes me daba calma.

Y sí, me dio calma.

Pero también me hizo pensar.

No tengo historia aquí.

Estoy entrando en algo que ya existía.

No estoy construyendo desde cero como antes.

Estoy integrándome.

Y eso es diferente.

Al volver a casa, Clara me miró como si ya supiera que algo había cambiado.

—No pongas esa cara —le dije.

—¿Qué cara?

—La de análisis profundo.

Se sentó frente a mí.

—No estás mal.

—No.

—Pero no estás exactamente igual que ayer.

Odio que me conozca tanto.

Me quité el lazo del pelo y lo dejé sobre la mesa.

Pequeño gesto.

Automático.

—Es raro —admití—. Estoy bien. Pero a veces siento que estoy actuando un poco.

—¿Actuando cómo?

—Como versión tranquila de mí.

Clara no habló.

Eso me obligó a seguir.

—Con Marc todo era intenso. Caótico. Improvisado. Con Harry es más estable. Y eso me gusta. Pero a veces siento que estoy intentando convertirme en esa versión estable para que funcione.

Silencio.

—¿Te estás forzando? —preguntó.

Pensé la respuesta con cuidado.

—No.

—¿Seguro?

—No me estoy forzando a quererlo.

—Pero…

—Pero a veces siento que estoy demostrando que puedo estar bien sin mirar atrás.

Ahí está.

La frase real.

No es que esté enamorada hasta las cejas.

Es que estoy avanzando.

Y quiero demostrar que puedo hacerlo.

Esa noche me metí en la cama y por primera vez en semanas soñé con el sofá.

No con la despedida.

No con discusión.

Con una noche cualquiera de Stranger Things .

Risas absurdas.

Una manta mal colocada.

Un comentario tonto que me hizo girar la cabeza.

Me desperté sin tristeza.

Pero con una sensación rara en el pecho.

Como si algo estuviera pidiendo atención.

Y por primera vez desde el musical…

La palabra “ligera” no fue suficiente.