57
Ona
No sé en qué momento pasó.
No el “me gustas”.
Eso fue claro.
Me refiero a la parte en la que me quedé pensando en él más de lo que esperaba.
Llego a casa y Clara está en el sofá con una manta que, claramente, no necesita porque hace calor.
Eso solo significa una cosa: está esperando cotilleo.
—Bueno —dice sin mirarme—. ¿Qué tal tu “plan que no es cita”?
—No era cita.
—Ajá.
Me tiro en el sofá al lado de ella.
Miro el techo.
No sé por dónde empezar.
—Me dijo que le gusto.
Clara gira la cabeza tan rápido que casi se da un latigazo.
—¿QUÉ?
—Baja la voz.
—No pienso bajar la voz. ¿Y?
—Y nada.
—Ona.
—Y no lo besé.
Clara parpadea.
—¿No lo besaste porque no quisiste… o porque no pudiste?
—¿Qué significa eso?
—Que si fue decisión o bloqueo.
La odio un poco cuando acierta.
Me tapo la cara con las manos.
—No lo sé.
Clara me observa como si estuviera intentando leer subtítulos invisibles.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
—Eso no es respuesta.
Me siento.
Cruzo las piernas.
Intento ordenar lo que siento, pero es como intentar ordenar una mochila llena de cables.
—Con él es fácil —digo—. No me siento en alerta. No siento que tenga que impresionar. No siento que esté compitiendo con nada.
Clara asiente despacio.
—Eso suena bien.
—Lo sé.
—¿Pero?
Siempre hay un pero.
—Pero cuando iba a besarme… no sentí ese impulso de “si no lo hago ahora me muero”.
Clara se queda callada un segundo.
—Eso no siempre es malo.
—Lo sé.
—El vértigo no es obligatorio.
—Ya, pero yo lo conozco.
Ahí está el problema.
No estoy empezando desde cero.
Estoy comparando sin querer.
Clara se levanta y va a la cocina.
Vuelve con dos vasos de agua como si fuéramos a analizar una escena de crimen.
—Vale. Pregunta importante —dice sentándose otra vez—. Si Marc no existiera, ¿lo habrías besado?
Esa pregunta me deja muda.
Porque en mi cabeza, aunque no hablemos todos los días, aunque no esté aquí… existe.
Mucho.
Demasiado.
—No lo sé —susurro.
—Eso significa que sí.
—O que tengo miedo.
—¿Miedo a qué?
—A que si cruzo esa línea, ya no haya vuelta atrás.
Silencio.
El ventilador hace ruido en la esquina.
La ciudad entra por la ventana abierta.
—¿Quieres volver atrás? —pregunta Clara más suave.
Y ahí es donde me bloqueo.
Porque no es blanco o negro.
No es “quiero volver” o “quiero seguir”.
Es que no sé en qué punto estoy.
—No quiero quedarme esperando eternamente —digo—. Pero tampoco quiero usar a alguien para sentir que avanzo.
Clara me mira con esa cara que pone cuando está orgullosa de mí sin decirlo.
—Eso es muy tú.
—¿Qué?
—Pensar demasiado antes de romper algo.
Me río un poco.
—Olivia me dijo hoy que cuando la gente piensa mucho, rompe cosas.
—Olivia tiene doce años y más sabiduría que muchos adultos.
—Lo sé.
Me dejo caer hacia atrás otra vez.
Miro el techo.
—Cuando estoy con él me siento ligera.
—¿Y eso es malo?
—No.
—Entonces deja de buscar que todo sea una película intensa.
Tiene razón.
Pero mi cabeza no funciona así.
—¿Crees que me estoy ilusionando? —pregunto.
Clara no responde de inmediato.
Eso me asusta más que si dijera sí.
—Creo que estás dejando de esperar —dice al final.
Esa frase se me queda pegada al pecho.
Porque no es lo mismo ilusionarse que dejar de esperar.
Y creo que estoy haciendo las dos cosas a la vez.
Más tarde, cuando me meto en la cama, miro el móvil.
No para escribir a nadie.
Solo por costumbre.
No hay nada nuevo.
Y por primera vez en semanas, no siento esa punzada de vacío.
Siento curiosidad.
Curiosidad por ver qué pasa si me dejo llevar un poco.
Sin prometer.
Sin romper.
Solo avanzando.
Cierro los ojos.
Y antes de dormirme, me doy cuenta de algo que me asusta y me emociona a partes iguales:
Si Harry vuelve a intentarlo, no sé si volveré a decir que no.