Para cuando vuelvas 56
70%

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Marc

Firmé.

Así, sin música épica de fondo ni nada.

Un boli azul horrible y una mesa de oficina con olor a café viejo.

—Bienvenido al verano más intenso de tu vida —dijo uno de los productores dándome una palmada en la espalda.

Y yo sonreí.

Porque debería estar feliz.

Porque esto es lo que quería.

Porque cuando me volví de Londres fue por esto.

Porque no puedes decir que quieres algo grande y luego echarte atrás cuando llega.

Salí del edificio con una mezcla rara en el pecho.

Como cuando ganas algo y al mismo tiempo sientes que dejaste otra cosa sin cerrar.

Pero no pensé demasiado.

No en ese momento.

Me compré un café.

Me senté en un banco.

Abrí Instagram.

Error número uno.

Ona no había subido nada hoy.

Eso ya me dio mala espina.

Normalmente, aunque fuera una tontería, algo subía.

Un café.

Una canción.

Un trozo de ensayo.

Hoy nada.

Cerré la app.

La abrí otra vez a los cinco minutos.

Nada.

Me reí solo.

—Estás fatal —murmuré.

Sonó el móvil.

Joel.

Contesté rápido.

—¿Qué tal el artista del verano? —dijo nada más descolgar.

—No empieces.

—¿Has firmado?

—Sí.

Silencio.

No dramático.

Pero silencio.

—Vale —dijo al final.

Ese “vale” no sonó alegre.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Ha salido con Harry hoy.

Mi estómago hizo algo raro.

No de película.

Algo pequeño.

Como si alguien apretara un botón que no sabía que existía.

—¿En grupo?

—No.

Vale.

Respira.

Eso no significa nada.

La gente sale sola.

Normal.

—¿Y? —pregunté intentando sonar neutro.

Joel suspiró.

—Le ha dicho que le gusta.

Ahí sí.

Ahí sí noté el golpe.

No como puñetazo.

Más como caída de escalón que no viste.

—¿Y ella?

—No lo besó.

Esa frase entró como alivio inmediato.

Ridículo.

Porque no lo besó no significa que no quiera.

Pero aun así me calmó un segundo.

—Pero —añadió Joel.

Siempre hay un pero.

—Le gusta.

Me quedé callado.

No porque no tuviera nada que decir.

Porque tenía demasiadas cosas.

Imágenes.

La foto de la librería.

La risa ligera.

La forma en que lo miraba en el vídeo.

No era imaginación mía.

Estaba pasando.

—No es que esté enamorada —continuó Joel—. Pero está… abierta.

Abierta.

Esa palabra es peor que cualquier otra.

Porque cuando alguien está abierto, algo puede entrar.

—No he hecho nada malo —dije, más para mí que para él.

—Lo sé.

—No la he engañado.

—Lo sé.

—No le he mentido.

Joel tardó medio segundo.

—No exactamente.

Eso dolió un poco.

Porque era verdad.

No mentí.

Pero tampoco fui del todo claro.

Y ahora estaba aquí.

Con un contrato firmado.

Y una chica en Londres escuchando a otro decirle que le gusta.

Me levanté del banco.

Empecé a caminar sin rumbo.

—¿Está bien? —pregunté.

—Sí.

—¿Triste?

—No.

—¿Confundida?

Joel dudó.

—Más tranquila de lo que te gustaría.

Eso me golpeó más que todo lo anterior.

Porque yo me fui pensando que el amor intenso aguanta cualquier distancia.

Pero la tranquilidad es peligrosa.

Cuando alguien aprende a estar tranquilo sin ti…

No te necesita tanto.

—No la he perdido —dije.

—No.

—Pero la puedo perder.

Silencio.

—Sí.

Llegué al piso.

Tiré la mochila al suelo.

Me dejé caer en la cama mirando el techo.

Había firmado hacía tres horas.

Tres horas.

Y ya estaba pensando en cuánto tardaría un vuelo de vuelta.

Ridículo.

Adolescente.

Impulsivo.

Pero real.

Abrí Instagram otra vez.

Nada nuevo.

Me metí en su perfil.

Miré fotos antiguas.

Primrose Hill.

El sofá.

El local.

Nosotros riéndonos por cualquier cosa.

Y me dio rabia.

No hacia ella.

Hacia mí.

Porque firmar no me había dado la euforia que esperaba.

Me había dado miedo.

No a fracasar aquí.

A llegar tarde allí.

Joel volvió a hablar.

—Si vas a volver, que no sea por pánico.

—No estoy en pánico.

Mentira.

Un poco sí.

—Decide bien.

—Ya he decidido.

Miré el contrato encima de la mesa.

Firmado.

Oficial.

Verano entero.

Y por primera vez desde que llegué a España,

la idea de quedarme tres meses más no me hizo sentir ambicioso.

Me hizo sentir lejos.

Y lejos, ahora mismo, es lo último que quiero estar.