Para cuando vuelvas 55
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Ona

No fue planeado.

O quizá sí.

Pero ninguno lo dijo en voz alta.

Harry me mando un audio por la mañana (cosa rara, porque normalmente hablamos cuando coincidimos).

—¿Te apetece que hoy no sea plan de grupo?

Me quedé mirando el mensaje un segundo más de lo normal.

No era raro.

Pero sí era distinto.

Contesté que sí antes de pensar demasiado.

Quedamos en Notting Hill porque Olivia tenía cumpleaños y “por primera vez no soy ni chófer ni acompañante oficial”, según él.

Llegué antes.

Siempre llego antes cuando estoy nerviosa.

Mayo ya parece junio.

La ciudad está viva.

Hay música en cada esquina.

Cuando lo vi caminar hacia mí con esa chaqueta vieja que nunca combina con nada pero le queda bien igual, sentí algo pequeño en el estómago.

No vértigo.

Expectativa.

—Hola —dijo, como si no nos viéramos casi cada día.

—Hola.

Nos quedamos un segundo demasiado quietos.

—Vale, esto es raro —añadió riéndose.

—Un poco.

Caminamos sin rumbo fijo.

Entramos en una tienda de vinilos aunque ninguno tiene tocadiscos.

Hablamos de canciones absurdas que nos dan vergüenza admitir que nos gustan.

Fue fácil.

Demasiado fácil.

En un momento me cogió de la muñeca para cruzar la calle y no soltó inmediatamente.

No me aparté.

Eso también lo noté.

Nos sentamos en un banco después de comprar helado.

Yo llevaba una mancha en la sudadera.

Él dijo que era “estéticamente caótica”.

Me reí más de lo que tocaba.

Y entonces se hizo ese silencio.

No incómodo.

De esos en los que sabes que algo puede pasar.

Harry me miró distinto.

Más serio.

—Vale —dijo—. Voy a decir algo y luego puedes fingir que no lo he dicho.

Mala señal.

—No me asustes.

Sonrió.

—Me gustas.

Directo.

Sin poesía.

Sin metáforas.

Me gustas.

El corazón me dio un pequeño golpe.

No enorme.

Pero real.

—Ya lo sé —respondí antes de pensar.

Se rió.

—Vale, eso ayuda.

Silencio otra vez.

—No quiero presionarte —añadió—. Sé que tienes… historia.

No dijo nombre.

No hizo referencia directa.

Pero lo sabía.

No es tonto.

—Solo quería que lo supieras.

Ahí estaba.

No exigencia.

No ultimátum.

Solo claridad.

Eso lo hizo más difícil.

Porque no podía enfadarme.

No podía huir.

Me gustaba.

Me gustaba estar ahí.

Me gustaba cómo me miraba.

Pero cuando imaginé inclinarme y besarlo…

No sentí fuego.

Sentí duda.

Y la duda es traicionera.

—No estoy lista para algo serio —dije despacio.

No era mentira.

Tampoco era toda la verdad.

—¿Pero para algo ligero sí? —preguntó medio en broma.

Lo miré.

—No quiero que seas ligero.

Eso lo dejó callado un segundo.

Y a mí también.

Porque lo que quise decir fue otra cosa.

No quiero que seas sustituto.

No quiero que seas transición.

No quiero usar lo fácil para olvidar lo intenso.

Él asintió despacio.

—Vale.

No insistió.

No dramatizó.

Eso casi hizo que me doliera más.

Nos levantamos.

Seguimos caminando.

La conversación volvió a ser normal.

Pero debajo había algo distinto.

Cuando me dejó en la esquina de mi calle, se quedó quieto un segundo.

—¿Puedo…?

No terminó la frase.

Sabía a qué se refería.

Y ahí estuvo el momento.

Podía inclinarme.

Podía cerrar la distancia.

Podía probar algo nuevo.

En vez de eso, lo abracé.

Un abrazo real.

Largo.

Y cuando me separé, supe que lo había entendido todo.

—Está bien —dijo.

Pero no sonó del todo convencido.

Subí las escaleras con el corazón acelerado.

No por lo que había pasado.

Si no por lo que no.

Me tiré en la cama.

Miré el techo.

Me gustaba.

Eso era innegable.

Pero no me movía el suelo.

Y yo ya sé cómo se siente cuando algo sí lo hace.

Y eso es lo que complica todo.