54
Marc
No vuelvo por impulso.
Eso sería fácil.
Sería romántico.
Sería correr al aeropuerto y presentarme en la puerta de su casa como si las películas existieran de verdad.
No.
Yo hago lo sensato.
Y lo sensato tarda.
Es finales de mayo cuando me llaman a la oficina de la productora.
No suena dramático.
Suena administrativo.
—Tenemos que cerrar calendario —dice uno de ellos mientras desliza unos papeles sobre la mesa—. Si quieres seguir, necesitamos compromiso claro.
Compromiso claro.
Qué irónico.
—¿Cuánto tiempo más? —pregunto.
—El verano entero como mínimo. Y luego ya veremos.
El verano entero.
Eso ya no son “un par de meses”.
Eso es quedarse.
Instalarse.
Construir aquí.
Firmar ahora significa dejar Londres suspendido indefinidamente.
Y Londres ya no es solo ciudad.
Es ella.
—Necesitamos respuesta esta semana —añade el productor.
Asiento.
No respondo en el momento.
Salgo a la calle con la cabeza llena de números, fechas y consecuencias.
Abro Instagram sin querer.
Ona ha subido otra historia.
No es una foto posada.
Es un vídeo corto.
Olivia enseñando una frase subrayada.
Harry haciendo una broma fuera de cámara.
Y Ona riéndose.
Esa risa.
La reconozco.
No es la que usa cuando quiere parecer fuerte.
Es la real.
Y lo peor es que no parece estar pensando en nada más.
No parece esperar.
No parece sostener espacio.
Parece vivir.
Guardo el móvil.
Camino sin rumbo.
Durante semanas me he repetido que no estoy eligiendo entre dos cosas.
Que puedo construir aquí y volver más fuerte.
Pero cada historia nueva me demuestra algo que no quería aceptar:
El tiempo no se congela para nadie.
Si me quedo todo el verano, vuelvo en septiembre.
Septiembre es otra estación.
Otro ritmo.
Otro punto de partida.
¿Y si en septiembre ya no hay nada que recuperar?
Vuelvo al piso.
Me siento en la cama.
Y por primera vez desde que llegué, no pienso en la carrera.
Pienso en el sofá.
En la manta.
En Primrose Hill.
En la conversación sobre Ruido Azul.
En su forma de mirarme cuando todavía creía que yo no ocultaba nada.
Y entiendo algo incómodo:
He estado intentando hacer esto de forma madura.
Responsable.
Pero quizá la madurez también es saber cuándo algo no espera.
Llamo a Joel.
No por drama.
Por claridad.
—Me piden que me quede el verano —digo sin rodeos.
Silencio.
—Eso es mucho tiempo.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
Miro el techo.
—No lo sé.
—Si te quedas, no vuelvas esperando que todo esté igual.
No lo dice como amenaza.
Lo dice como dato.
—¿Está… avanzando?
Joel tarda un segundo.
—Está viviendo.
Esa frase pesa más que cualquier otra.
No “está con él”.
No “se está enamorando”.
Está viviendo.
—No la he perdido todavía —digo más para mí que para él.
—No —responde—. Pero ya no te está esperando en el mismo sitio.
Cuelgo.
Me quedo en silencio.
Podría firmar.
Podría quedarme.
Podría convertirme en lo que siempre quise.
Pero por primera vez, no sé si lo que siempre quise sigue siendo lo mismo.
Y mientras yo decido con calendario en mano,
en Londres mayo se está convirtiendo en verano.
Y yo no estoy ahí.