Para cuando vuelvas 53
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Clara

Hay cosas que no hace falta que te digan.

Se ven.

En cómo alguien entra por la puerta.

En cuánto tarda en dejar el móvil sobre la mesa.

En si canta sin que se lo pidan.

Ona siempre ha sido intensa cuando algo le importa.

Intensa en el buen sentido.

De esas que se nota que está viviendo algo grande aunque intente fingir que no.

Pero lo que estoy viendo ahora es distinto.

No es intensidad.

Es ilusión.

Y eso me preocupa más.

No porque Harry me caiga mal.

Porque sé cómo empezó todo.

Una tarde cualquiera.

Olivia en el local, sentada con su libro gigante, opinando sobre nuestras letras como si tuviera cuarenta años.

Ona riéndose como hacía tiempo que no la veía reír.

No esa risa nerviosa.

No esa risa que busca aprobación.

Una risa limpia.

Ligera.

Mayo le sienta bien.

La ciudad ya no es gris.

Y ella tampoco.

El sábado quedamos los cuatro para tomar algo después del ensayo.

Joel estaba raro, pero en plan concentrado, como cuando decide que hoy no va a hacer el tonto todo el rato.

Harry llegó tarde con Olivia, que venía hablando sin respirar sobre un libro nuevo que había descubierto.

—Es increíble —le decía a Ona—. Pero el final es horrible.

—No me cuentes nada —respondió ella agarrándole el brazo.

Ese gesto.

No fue romántico.

Fue natural.

Demasiado natural.

Nos sentamos en unas escaleras cerca del río.

El aire ya no corta.

Hay gente tocando música por todas partes.

Ona y Harry se quedaron un poco apartados hablando de no sé qué grupo antiguo que yo no conocía.

Olivia estaba enseñándole una frase subrayada del libro.

Y Joel se inclinó hacia mí.

—Está cambiando —dijo.

—Lo sé.

—¿Te parece mal?

Miré a Ona.

Tenía la cabeza ligeramente inclinada mientras escuchaba algo que Harry le decía.

Se mordía el labio de esa manera que hace cuando algo le interesa de verdad.

No parecía culpable.

No parecía comparando.

Parecía presente.

—No me parece mal —dije.

Y era verdad.

No es que me moleste que conozca a alguien.

Me preocupa que esté empezando a mirar hacia delante sin mirar atrás.

Después de un rato, Olivia se levantó y empezó a girar sobre sí misma en mitad de la plaza como si estuviera en una película.

Harry fue detrás, riéndose.

Ona los miró y luego me miró a mí.

—Es adorable —dijo.

—Sí —respondí.

Pero no estaba pensando en Olivia.

Estaba pensando en que hacía semanas que no la veía así.

No nerviosa.

No contenida.

No midiendo cuánto sentir.

Más tarde, cuando volvimos a casa, Joel se tiró en el sofá y soltó:

—Si vuelve ahora, lo tiene difícil.

—¿Difícil cómo?

—Ya no es el centro.

Esa frase se quedó flotando en el salón.

Antes, cada cosa que hacía Ona estaba conectada a él.

Cada ensayo.

Cada canción.

Cada plan.

Ahora no.

Ahora tiene tardes de libros.

Tiene conversaciones nuevas.

Tiene un chico que le habla sin pasado de por medio.

Esa noche, mientras Ona se duchaba, me quedé en la cocina con Joel.

—¿Crees que se está enamorando? —preguntó él.

Pensé la respuesta con cuidado.

—No.

—¿Segura?

—Está ilusionada.

—Eso a veces es peor.

Y tenía razón.

Porque la ilusión es peligrosa.

No tiene peso.

No tiene historia.

Es ligera.

Y cuando algo es ligero, entra sin pedir permiso.

Ona salió del baño con el pelo mojado y el lazo en la mano.

No se lo puso.

Se lo dejó en la mesa.

Eso me llamó la atención.

Porque ese lazo siempre aparece cuando algo le importa mucho.

—¿Qué tal el día? —le pregunté.

—Bien.

Sonreía.

No exagerado.

Pero sí distinto.

—¿Vas a verlo mañana? —pregunté sin rodeos.

—Sí.

No dudó.

—Vamos a ir a una librería que Olivia quiere conocer.

Lo dijo normal.

Como quien dice “voy al supermercado”.

Pero yo escuché otra cosa.

Escuché rutina.

Y eso es lo que marca la diferencia.

No es una cita puntual.

Es repetición.

Y la repetición construye cosas.

Cuando se fue a su habitación, Joel me miró.

—Si Marc vuelve ahora, no vuelve a lo que dejó.

Asentí.

Porque eso es lo que más claro tengo.

No es que Ona lo haya olvidado.

Es que ha crecido.

Y cuando alguien crece mientras tú no estás,

no puedes esperar encontrarlo igual cuando regreses.

Lo que no sé todavía es si cuando vuelva —porque volverá— ella estará empezando algo nuevo…

O simplemente habrá aprendido a no esperarlo.

Y eso cambia todo.