Para cuando vuelvas 52
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Marc

No debería estar pendiente.

Pero lo estoy.

Intento no mirar tanto el móvil. De verdad que lo intento. Estoy ocupado. Grabando. Ensayando. Hablando con gente que pronuncia mi nombre como si fuera una marca.

Pero hay momentos muertos.

Y en los momentos muertos, Londres vuelve.

Abro Instagram.

No por rutina.

Por impulso.

La primera historia es de Ona.

No suelo verlas enteras.

Hoy sí.

La imagen aparece sin aviso.

Librería.

Luz dorada entrando por la ventana.

Estanterías altas detrás.

Y ella.

Sonriendo.

A su lado hay un chico.

Harry.

Lo reconozco.

Lo he visto en fotos del local.

Y entre los dos hay una niña pequeña sosteniendo dos libros como si fueran un trofeo.

La niña está pegada a Ona.

Harry está lo suficientemente cerca como para que el espacio entre ellos no parezca casual.

No se están tocando.

Pero no hace falta.

La sonrisa de Ona es distinta.

No es la de ensayo.

No es la de “mirad qué bien estamos”.

Es relajada.

Es fácil.

El texto encima dice:

“Tardes que se sienten ligeras.”

Ligeras.

Repito la palabra en mi cabeza.

Ligeras.

Vuelvo a mirar la imagen.

Amplío.

Intento fijarme en detalles.

Su pelo está suelto.

Lleva uno de esos lazos pequeños que solo se pone cuando está cómoda de verdad.

No está mirando a cámara del todo.

Está mirando hacia el chico.

Y la niña la está abrazando por el brazo.

No sé quién es la niña.

Eso me descoloca más de lo que debería.

¿Es su hermana?

¿Es alguien cercano?

¿Por qué ella está ahí?

¿Por qué se ve tan integrada?

La historia dura diez segundos.

Diez segundos suficientes para que mi cabeza empiece a hacer ruido.

Paso a la siguiente.

Es un vídeo corto.

La niña diciendo algo rápido sobre un libro.

Ona riéndose.

Harry de fondo haciendo un comentario que no escucho bien.

Suena… normal.

Demasiado normal.

Cierro la aplicación.

La abro otra vez.

Vuelvo a verla.

Busco algo que me tranquilice.

Un gesto incómodo.

Una distancia mayor.

Una expresión neutra.

No hay nada.

Solo comodidad.

Y eso es lo que más duele.

No la idea de que esté con alguien.

La idea de que esté bien.

Bien sin mí.

Me quedo sentado en el borde de la cama mirando el techo.

Recuerdo el sofá.

Recuerdo la manta.

Recuerdo Primrose Hill.

Recuerdo cómo ella me miraba cuando todo estaba empezando.

Y ahora veo otra versión.

No más feliz.

Pero sí más estable.

Y por primera vez desde que me fui, el miedo no es abstracto.

Es concreto.

No estoy compitiendo con un chico.

Estoy compitiendo con la versión de ella que aprendió a vivir sin esperarme.

Y esa es una competencia que no sé si puedo ganar.