Para cuando vuelvas 51
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Ona

La hermana de Harry tiene doce años y se llama Olivia.

La conocí por accidente.

Un jueves por la tarde Harry llegó al local con ella pegada al brazo como si fuera su sombra.

—No la he podido dejar sola en casa —dijo—. Promete no juzgarnos demasiado.

Olivia me miró de arriba abajo.

—Yo no juzgo. Solo observo.

Me cayó bien al instante.

Se sentó en el suelo con un libro enorme en las manos mientras ensayábamos.

No hablaba mucho, pero levantaba la vista cada vez que cantaba.

Y cuando terminamos, se acercó.

—Cantas mejor cuando no miras a nadie.

Me quedé mirándola.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque cuando miras parece que estás comprobando si gustas.

Doce años.

Doce.

Me reí.

—¿Y tú qué lees?

Eso fue el principio.

La semana siguiente me mandó una lista de libros que quería comprar pero no encontraba en su barrio.

Le dije que había una librería increíble cerca de Covent Garden.

Y quedamos.

No fue cita.

No fue nada raro.

Fue una tarde con una niña que habla como si tuviera veinte y que subraya frases como si estuviera buscando respuestas importantes.

Harry vino los primeros diez minutos.

—Os dejo —dijo—. No me siento intelectualmente preparado.

Olivia rodó los ojos.

—No lo estás.

Y se fue.

Nos quedamos sentadas en el suelo de la sección juvenil como si el mundo no tuviera prisa.

—¿Te gusta mi hermano? —me preguntó sin levantar la vista del libro.

Casi me atraganto.

—¿Perdón?

—No soy tonta.

La miré.

—Tu hermano es muy pesado.

Sonrió.

—Eso no responde a mi pregunta.

Suspiré.

—Me cae bien.

—Eso tampoco me responde.

No le voy a explicar mi vida amorosa a una niña de doce años.

O eso pensaba.

—Estoy… pensando.

—Eso es peor.

Me reí.

—¿Por qué?

—Porque cuando la gente piensa mucho, acaba rompiendo cosas.

Me quedé en silencio un segundo.

No por ella.

Por mí.

Compramos dos libros.

Uno para ella.

Uno para mí.

Y cuando salimos, Londres estaba en ese punto perfecto de mayo en el que todavía no hace calor de verdad pero ya no tienes que encogerte dentro del abrigo.

—Eres distinta cuando estás con ella —me dijo Harry cuando volvió a recogernos.

—¿Distinta cómo?

—Más ligera.

Eso me dejó pensando.

Porque sí.

Con Olivia no hay comparación.

No hay pasado.

No hay expectativa.

Solo presente.

Empezamos a quedar algunos sábados.

A veces Harry se quedaba.

A veces nos dejaba solas en la librería y volvía una hora después.

Olivia me hablaba de sus amigas, de un chico que le gusta pero que “es insoportable”, de cómo quiere irse a vivir a otra ciudad cuando sea mayor.

Y yo le hablaba de Londres como si fuera mía desde siempre.

Un día, mientras buscábamos un libro que no estaba en su sitio, Olivia dijo:

—Mi hermano no sonríe así con todo el mundo.

La miré.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera tranquilo.

Sentí algo pequeño moverse dentro.

Porque yo también estoy tranquila.

Y eso me gusta.

Pero cuando vuelvo a casa por la noche, cuando estoy sola en mi habitación y apoyo la cabeza en la almohada,

hay otra tranquilidad que echo de menos.

No la fácil.

La intensa.

La que te hace sentir que todo puede cambiar en un segundo.

Harry me gusta.

Olivia me encanta.

Las tardes de libros me hacen sentir que estoy construyendo algo nuevo.

Pero a veces, en medio de una risa, me sorprendo comparando sin querer.

No porque quiera volver atrás.

Porque el pasado no desaparece solo porque el presente sea cómodo.

Y eso me confunde más que cualquier otra cosa.