Para cuando vuelvas 50
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Ona

Harry no entró en mi vida como algo dramático.

Entró como alguien que se sentó en el suelo del local y empezó a tocar sin preguntar si podía.

Ahí ya me cayó bien.

La primera vez que habló conmigo fue porque me equivoqué en un acorde.

—Eso sonó como si tuvieras miedo de que alguien te juzgue —dijo.

Me giré.

—¿Perdona?

—Nada, nada. Solo que a veces suena mejor si te da igual.

Le lancé una mirada de “quién eres tú”, pero me reí.

Y desde ahí empezó todo.

No “todo” todo.

Solo… conversaciones.

Ensayos más largos.

Más gente quedándose después de tocar.

Un día Clara tuvo turno doble y Joel llegó tarde, así que nos quedamos solos un rato en el local.

—¿Siempre pones esa cara cuando piensas? —me preguntó.

—¿Qué cara?

—La de que estás discutiendo contigo misma.

Me dio tanta rabia que acertara que me dio risa.

Con él es fácil hablar.

No hay historia previa.

No hay tema prohibido.

No hay sensación de que algo importante depende de lo que diga.

Un sábado fuimos los cuatro a sentarnos cerca del río después del ensayo.

Mayo ya no es febrero.

Hay gente por todas partes.

Música en la calle.

Helados.

Risas.

Harry se sentó demasiado cerca sin que fuera raro.

Su rodilla rozaba la mía.

No me aparté.

No fue eléctrico.

Fue cómodo.

Y eso me gustó.

Joel empezó a contar una historia absurda y Clara casi se cae de la risa.

Harry me miró y dijo:

—Te ríes con los ojos.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

Y me sostuvo la mirada un segundo más de lo normal.

Ahí sí sentí algo.

No gigante.

Pero algo.

Esa noche volví a casa pensando demasiado.

No en Marc.

En mí.

En que me estaba riendo sin sentir culpa.

En que no estaba mirando el reloj.

En que no estaba esperando nada.

Eso fue lo raro.

Un martes después del turno nos quedamos practicando algo nuevo.

Él tocaba un ritmo repetitivo y yo intentaba improvisar encima.

—No pienses tanto —dijo.

—Deja de decir eso.

—Entonces deja de hacerlo.

Me acerqué más al micro.

Canté más alto.

Nos miramos cuando encajó perfecto.

Y nos reímos como si hubiéramos descubierto algo secreto.

En ese momento pensé: vale, esto podría ser algo.

No porque quiera reemplazar nada.

Porque estoy aquí.

Y él también.

Pero luego pasa otra cosa.

Me voy a casa.

Me meto en la cama.

Y recuerdo otra risa.

Otra mirada.

Otra forma de encajar que no era cómoda.

Era intensa.

Y ahí está la diferencia.

Harry es fácil.

Marc era vértigo.

Con Harry no siento que el mundo se mueva.

Con Marc sentía que todo podía explotar en cualquier momento.

Y no sé cuál es mejor.

Un día, mientras recogíamos, Harry se quedó mirándome.

—Si te invito a salir oficialmente, ¿te asustas?

Me quedé congelada.

No porque no me guste.

Porque me gusta.

—Depende —dije.

—¿De qué?

Sonreí.

—De si lo llamas oficialmente otra vez.

Se rió.

Pero yo no estaba del todo bromeando.

No he cruzado ninguna línea.

No he besado a nadie.

No he prometido nada.

Pero estoy probando cómo se siente que alguien me mire como si fuera presente, no recuerdo.

Y eso es nuevo.

Y eso me mueve algo por dentro.

No más que antes.

Distinto.

Y no sé qué significa todavía.

Pero sí sé una cosa:

Si Marc vuelve ahora mismo y me pregunta qué está pasando,

no voy a poder responder con un simple “nada”.

Porque algo sí está cambiando.

Y esta vez no es solo la distancia.

Soy yo.