Para cuando vuelvas 49
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Marc

Mayo aquí es distinto.

Más calor del que esperaba.

Más luz hasta tarde.

Más sensación de que todo está empezando.

Y eso es lo irónico.

Porque mientras todo parece arrancar aquí, tengo la sensación de que algo se está apagando en otro sitio.

Han pasado casi dos meses desde que llegué.

El estudio ya no me impresiona.

Los productores ya no me tratan como “el chico nuevo”.

Estoy trabajando.

Avanzando.

Construyendo algo que hace meses habría sido suficiente para hacerme olvidar cualquier duda.

Pero no lo es.

Me doy cuenta el día que abro Instagram sin pensarlo.

No soy de los que revisan cada historia.

Intento no hacerlo.

Pero hoy sí.

Clara ha subido algo desde el local.

La luz entra por la ventana lateral.

Joel está afinando.

Y Ona está riéndose.

No hacia la cámara.

Hacia alguien que está justo fuera del encuadre.

Paso a la siguiente historia.

Ahí aparece él.

Harry.

No sé quién es todavía, pero su nombre lo descubriré después.

Moreno. Chaqueta vieja que parece elegida a propósito. Guitarra apoyada en la rodilla como si llevara años sentado en ese suelo.

Ona está a su lado.

Cerca.

No forzado.

Pero natural.

Demasiado natural.

No se están tocando.

No están haciendo nada que yo pueda señalar como “eso no me gusta”.

Están hablando.

Y ella tiene esa expresión.

La que pone cuando alguien dice algo que de verdad le interesa.

La que inclinaba hacia mí cuando empezamos.

El vídeo dura diez segundos.

Pero lo repito tres veces.

Cierro la aplicación.

Intento convencerme de que no significa nada.

Porque no significa nada.

La vida sigue.

Yo me fui.

No firmamos contrato de pausa.

No puse una marca en el calendario diciendo “espera aquí”.

Pero aun así algo dentro de mí se descoloca.

Esa noche llamo a Joel.

No para acusar.

Para entender.

—¿Quién es el del local? —pregunto intentando sonar casual.

Silencio breve.

—Harry.

—¿Quién es Harry?

—Un amigo de un chico que vino a un concierto pequeño. Se quedó por aquí.

“Se quedó.”

La frase me golpea más de lo que debería.

—¿Y?

Joel suspira.

—Toca bien.

No es eso lo que estoy preguntando.

—¿Y Ona?

Silencio.

Más largo esta vez.

—Está bien.

—Joel.

—No es lo que estás pensando.

Esa frase nunca tranquiliza a nadie.

—¿Qué estoy pensando?

—Que te están reemplazando.

No respondo.

Porque no me lo había planteado así.

Pero sí.

Algo parecido.

—No es eso —continúa—. Es… normal.

Normal.

Esa palabra vuelve como eco.

—Se ríen mucho —añade, y luego se arrepiente de haberlo dicho.

Ahí está el golpe real.

No me duele imaginar que se besen.

Me duele imaginar que se ría así sin mí.

Cuelgo después de hablar un rato más.

No estoy enfadado.

Estoy consciente.

Esa es la diferencia.

Al día siguiente grabo una toma nueva.

El productor dice:

—Suena más crudo. Más real.

No sabe por qué.

Pero yo sí.

Porque por primera vez desde que llegué,

siento que algo sí puede romperse de verdad.

Esa noche vuelvo a mirar.

Hay otra historia.

Los cuatro.

Clara, Joel, Harry… y Ona en medio.

No está inclinada hacia él.

No lo toca.

Pero está cómoda.

Y eso es suficiente.

Cierro el portátil.

Me siento en el borde de la cama.

Recuerdo el sofá.

La manta.

Primrose Hill.

La noche en que todo parecía fácil.

No me arrepiento de haber venido.

Pero por primera vez entiendo que no basta con querer las dos cosas.

A veces el tiempo elige por ti.

Y el tiempo no espera.