Para cuando vuelvas 48
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Ona

No le he llamado.

Y él tampoco.

No hay guerra.

No hay ultimátum.

Solo una especie de espacio suspendido donde ninguno sabe exactamente qué decir.

Han pasado unos días desde que vi el vídeo.

No lo he vuelto a buscar.

No quiero memorizar esa versión suya.

No porque me asuste.

Porque ya la entendí.

Y entender algo no significa aceptarlo sin más.

Significa que ahora tengo que recolocar todo lo que pensaba.

Estoy en Harrington’s un martes cualquiera.

La máquina de café suena como siempre. La puerta se abre y se cierra. Gente que no sabe nada de mi vida entra, pide, paga, se va.

Y eso me gusta.

Me gusta que el mundo no esté pendiente de mis decisiones.

Un chico deja una moneda de más en el mostrador.

—Quédate el cambio —dice.

Sonrío.

—Gracias.

Pequeñas cosas.

Antes habría pensado en contárselo.

Ahora solo lo guardo para mí.

Clara llega tarde al turno porque Joel la ha acompañado a una entrevista para un curso que quiere hacer.

No me lo esperaba.

Cuando me lo contó, sonaba nerviosa.

No como cuando se burla de todo.

Nerviosa de verdad.

Y eso me hizo pensar.

Las cosas siguen moviéndose aunque alguien falte.

Eso es lo que más cuesta aceptar.

Después del turno vamos al local.

No ensayamos fuerte.

No tenemos prisa por hacer nada grande.

Nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas, como cuando empezamos.

—Toca algo —dice Clara.

—No tengo nada preparado.

—Precisamente.

Me levanto despacio.

Me siento al piano.

No pienso en estructura.

No pienso en acordes que funcionen.

Solo dejo caer los dedos.

Suena simple.

Demasiado simple.

Pero no lo cambio.

Repito la secuencia.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y de repente entiendo que no es tristeza lo que suena.

Es espera.

Pero no espera desesperada.

Espera consciente.

—Eso no suena a ruptura —dice Clara bajito.

—No lo es.

—¿Entonces qué es?

Me quedo mirando las teclas.

—Es aprender a no depender de una respuesta inmediata.

Silencio.

Joel entra justo en ese momento.

Se sienta apoyado en la pared.

Nos escucha sin interrumpir.

Eso en él también es nuevo.

—Ha vuelto a salir lo del vídeo —dice al cabo de un rato.

No levanto la cabeza.

—Ya lo sé.

—No te ha llamado.

No es pregunta.

Es constatación.

—No.

Joel se muerde el labio.

—Está removido.

—No quiero que esté removido —respondo—. Quiero que esté claro.

Clara me mira.

—¿Qué es estar claro para ti?

Respiro hondo.

—Que no tenga que elegir entre algo grande y yo.

—Eso suena idealista.

—No. Suena básico.

Porque en el fondo no quiero ser la competencia.

No quiero que dentro de diez años me mire y piense “dejé pasar esto por ti”.

Eso me destruiría más que perderlo ahora.

Terminamos el ensayo sin aplausos.

Sin risas.

Pero sin tensión tampoco.

Caminamos de vuelta juntas.

Londres en abril ya no es tan agresivo.

Las luces del centro reflejan un brillo que antes me parecía ajeno.

Ahora no.

Ahora sé qué calles me gustan.

Sé dónde se corta mejor el viento.

Sé qué esquina huele siempre a pan recién hecho.

Y eso me golpea de repente.

He construido cosas aquí.

No solo con él.

Yo sola también.

En el puente me detengo un momento.

Clara sigue caminando unos pasos más y luego vuelve.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Miro el agua.

Oscura.

Tranquila.

—Antes pensaba que todo esto era una etapa —digo.

—¿Y ahora?

—Ahora es mi vida.

Y esa frase cambia algo.

Porque si esto es mi vida, no puedo vivirla esperando que alguien vuelva para completarla.

Clara me pasa el brazo por los hombros.

—No estás dejando de quererlo.

—Lo sé.

—Estás dejando de depender.

Y ahí está la diferencia.

Llegamos a casa.

Joel y Clara se tumban en el sofá.

No están abrazados esta vez.

Pero están cerca.

Naturalmente cerca.

Y ya no me duele mirarlos.

No siento el pinchazo de hace días.

Siento algo más extraño.

Aceptación.

Me siento en el otro extremo.

No huyo.

No comparo.

Solo observo.

La serie empieza.

La música suena familiar.

Y me doy cuenta de algo que no había querido pensar:

Si volviese mañana, no correría hacia él.

Lo escucharía.

Le pediría que me explique.

Y dependiendo de cómo lo hiciera, decidiría.

Y eso significa que ya no soy la misma que se acurrucaba sin pensar.

Sigo queriéndolo.

Pero ahora quiero algo más que querer.

Quiero que me elijan con claridad.

Y si no vuelve hasta el final de esos tres meses, no sé si me encontrará en el mismo sitio.

Pero tampoco sé si quiero seguir estando en ese mismo sitio.

Y por primera vez desde que se fue,

esa idea no me asusta.

Me hace sentir… fuerte.