47
Joel
No quería llamarlo.
De verdad que no.
Durante semanas he sido el tipo que intenta no meterse. El que dice “se arreglará” . El que confía en que su amigo sabe lo que hace.
Pero hay un punto en el que dejar hacer es lo mismo que empujar al precipicio.
Y creo que ya hemos dado un paso.
Estoy en el salón con el portátil abierto. El vídeo sigue ahí. No lo he vuelto a reproducir, pero no hace falta. Me lo sé.
Clara está en la cocina, en silencio. Eso en ella no es normal.
Ona está en su habitación.
No ha llorado.
No ha gritado.
No ha dicho “lo dejo”.
Ha hecho algo peor.
Se ha quedado tranquila.
Demasiado tranquila.
Marco el número antes de arrepentirme.
Tarda en contestar.
—¿Qué pasa? —dice Marc.
Su voz suena igual.
Eso casi me enfada.
—Tenemos que hablar.
Silencio corto.
—¿Ha pasado algo?
—Sí.
Otro silencio.
Más largo.
—Lo han visto —digo.
No necesito decir qué.
Él lo sabe.
Lo noto en cómo cambia su respiración.
—¿Quién?
—Todos.
No es del todo verdad.
Pero sí lo suficiente.
—Joel…
No suena enfadado.
Suena cansado.
—No me lo pongas difícil —le digo.
—Lo estoy intentando.
Respiro hondo.
No quiero atacar.
Pero tampoco quiero suavizar.
—Ona lo ha visto.
Silencio absoluto.
No ruido de fondo.
Nada.
—¿Está enfadada?
Ahí está el problema.
—No.
—Eso no suena mejor.
—No lo es.
Me levanto y camino por el salón.
Necesito moverme.
—Está decepcionada.
No responde.
—No por el vídeo.
—Entonces por qué.
—Porque no se lo contaste.
Silencio.
—No sabía cómo.
—Eso no es excusa.
—No quería que me mirara distinto.
—Y ahora cómo crees que te mira.
No es un golpe bajo.
Es real.
Oigo cómo suelta el aire.
—¿Te ha dicho algo?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
Y eso pesa más que cualquier discusión.
—Joel…
Su voz suena diferente ahora.
Más baja.
—¿La estoy perdiendo?
La pregunta me desarma un segundo.
Porque nunca lo había oído así.
—No lo sé.
Y esa es la verdad.
—Pero no la estás cuidando —añado.
—Estoy intentando construir algo.
—Lo sé.
—Esto es lo que siempre quise.
—¿Y qué querías con ella?
Silencio.
Más largo esta vez.
No tengo que verlo para saber que está pensando.
—Las dos cosas —dice al final.
—Entonces te equivocaste en el orden.
No responde.
Me apoyo en la pared.
Miro la puerta de la habitación de Ona.
Cerrada.
—No te está castigando —le digo—. Está aprendiendo a no necesitarte tanto.
Eso sí lo entiende.
Porque el silencio al otro lado cambia.
—Eso es peor.
—Sí.
—¿Qué hago?
Por primera vez desde que empezó todo esto, me pregunta qué hacer.
No cómo defenderse.
No cómo justificar.
Qué hacer.
—Decide si quieres volver siendo el que huye cuando algo se complica.
—No estoy huyendo.
—Te fuiste antes de enfrentar lo que significaba irte.
Duro.
Pero real.
—Si vuelvo ahora, parecerá que me asusté.
—Si no vuelves, parecerá que elegiste otra cosa.
Silencio.
Ninguna opción es cómoda.
—¿Ella quiere que vuelva? —pregunta.
Miro la puerta otra vez.
—Ella quería que la eligieras sin que tuviera que pedirlo.
Eso es lo más honesto que puedo decir.
Al otro lado solo escucho su respiración.
No está llorando.
No está enfadado.
Está entendiendo.
—No quería ser el chico de antes —dice.
—Pues no lo seas ahora.
Silencio.
—Dile que la quiero —dice finalmente.
—Díselo tú.
Cuelgo antes de que pueda decir algo más.
Me quedo un rato mirando el móvil.
Clara aparece en el marco de la puerta.
—¿Y?
—Está asustado.
—Eso no arregla nada.
—No.
Me siento en el sofá.
La tele está apagada.
El sofá donde hace semanas estaban abrazados viendo Stranger Things.
Ahora parece más grande. Más vacío.
—¿Va a volver? —pregunta Clara.
Miro el techo.
No lo sé.
Pero por primera vez desde que se fue, creo que Marc también se está dando cuenta de que ganar algo no siempre compensa lo que pierdes.
Y esta vez, no puede decir que no lo vio venir.