Para cuando vuelvas 46
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Marc

Me lo enseñan en el estudio.

No con maldad.

Con curiosidad.

—Oye, ¿este no eres tú? —dice uno de los chicos de producción girando el portátil hacia mí.

Y ahí está.

El vídeo.

El directo antiguo.

Mi cara más joven, más tensa, más orgullosa de lo que debería.

Las respuestas cortantes.

Los tweets capturados.

El hilo que explotó.

La parte de mí que preferí dejar enterrada.

No reacciono de inmediato.

Solo miro.

Me escucho hablar como si fuera otra persona.

Pero no lo es.

Soy yo.

—Esto circula otra vez —dice el productor—. Es normal cuando algo tuyo empieza a moverse.

Normal.

Claro.

Internet no olvida.

Asiento.

Intento sonar tranquilo.

—Ya pasó.

—Sí, pero si vas a volver con nombre propio, esto va a salir.

Volver con nombre propio.

Ahí está la frase que pesa más que el vídeo.

Salgo del estudio antes de que puedan analizarlo más.

Camino rápido.

El aire aquí no huele igual que Londres.

No se siente igual.

Me apoyo contra una pared y cierro los ojos.

Si está circulando aquí, está circulando allí.

Londres no es una burbuja.

Ona lo habrá visto.

Clara lo habrá visto.

Joel seguro que sí.

Y lo peor no es que lo vean.

Es que lo vean sin que yo esté delante para explicarlo.

Recuerdo aquella tarde en la cafetería.

Cuando ella dijo que el chico de esa canción sonaba egoísta.

Cuando dijo que Ruido Azul era más honesta.

Me dejó hablar.

No dije nada.

No porque quisiera mentir.

Porque no sabía cómo decir: fui ese.

No sabía cómo admitir que la versión que más detesto de mí es pública.

Y ahora no controlo el momento.

No controlo la narrativa.

No controlo nada.

Camino hasta el piso sin mirar el móvil.

No quiero comprobar nada.

No quiero confirmar lo que ya sé.

Si lo ha visto, no me habrá escrito de inmediato.

O sí.

Pero no quiero que mi primera reacción sea una defensa.

Quiero pensar.

Pero pensar no arregla nada.

Me siento en el borde de la cama.

Recuerdo Londres.

El sofá.

La manta.

La manera en que ella me miraba como si confiara en que no iba a esconderle cosas.

Y yo sí lo hice.

No inventé nada.

Pero omití.

Y a veces omitir duele igual que mentir.

Si lo ha visto, ahora no solo soy el que se fue.

Soy el que no contó todo.

Y por primera vez desde que llegué a España,

la música deja de sonar más fuerte que el resto.

Porque esto ya no es carrera.

Es consecuencia.

Y esta vez no puedo culpar al algoritmo.