Para cuando vuelvas 44
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Ona

No debería afectarme.

Pero lo hace.

Llego a casa antes de lo normal porque el turno se canceló a última hora. Clara no sabe que vuelvo temprano. Ni Joel.

Abro la puerta intentando no hacer ruido.

Y lo primero que escucho es la música de Stranger Things.

Sonrío sin querer.

Empujo la puerta del salón.

Y me quedo quieta.

Están en el sofá.

No como siempre.

No con espacio incómodo entre ellos.

Clara está recostada contra Joel, medio encima. Él tiene el brazo alrededor de su cintura como si llevara haciéndolo toda la vida.

No están haciendo nada.

Solo viendo la serie.

Pero están… cómodos.

Demasiado cómodos.

Joel le susurra algo y Clara se ríe bajito.

No esa risa fuerte que usa con todo el mundo.

Una más pequeña.

Más privada.

Y ahí es cuando me pasa.

Ese pequeño pinchazo.

No de traición.

No de enfado.

De recuerdo.

Cierro la puerta un poco más fuerte de lo que pretendía.

Ambos se giran.

—¡Eh! —dice Joel—. Pensábamos que llegabas tarde.

—Se canceló el turno.

Intento sonar normal.

Clara se incorpora, pero Joel no aparta del todo el brazo.

Eso lo noto.

—Ven —dice ella moviéndose para hacer espacio.

Me siento en el otro extremo del sofá.

Demasiado lejos.

La serie sigue.

Hay una escena intensa.

Ellos reaccionan juntos.

Yo miro la pantalla.

Pero no estoy viendo nada.

Estoy recordando.

El sofá.

La manta.

Mi cabeza en su hombro.

La manera en que el mundo parecía más pequeño cuando estábamos los cuatro así.

Ahora somos tres.

Y eso se nota.

Clara apoya la cabeza otra vez en Joel sin pensarlo.

Natural.

Automático.

No lo fuerzan.

Simplemente pasa.

Me pregunto si yo hacía lo mismo.

Si parecía tan fácil desde fuera.

Si alguien nos miraba y pensaba que encajábamos así.

La escena termina.

Joel comenta algo sobre el episodio.

Clara le da un golpe leve en el brazo.

Se quedan mirándose un segundo más de lo necesario.

Y siento algo feo.

No hacia ellos.

Hacia el vacío.

Porque yo tenía eso.

Y ahora no.

No porque haya pasado algo terrible.

No porque haya pelea.

Sino porque la distancia se come las cosas pequeñas primero.

—¿Estás bien? —pregunta Clara en un descanso.

—Sí.

Mentira suave.

—¿Segura?

Asiento.

No quiero ser la aguafiestas.

No quiero que se separen porque yo estoy incómoda.

Me levanto.

—Voy a por agua.

En la cocina, apoyo las manos en la encimera.

Respiro.

No estoy celosa de Clara.

Estoy celosa de la cercanía.

De la facilidad.

De no tener que pensar cuándo será la próxima vez.

Vuelvo al salón.

Esta vez me siento más cerca.

Clara me pasa la manta sin decir nada.

Joel baja el volumen cuando ve que estoy callada.

—¿Te apetece elegir el siguiente capítulo? —pregunta.

Asiento.

Cojo el mando.

Y por un momento intento imaginar que nada ha cambiado.

Que en unas semanas todo será igual.

Pero cuando miro el sofá, cuando veo la forma exacta en la que dos personas encajan sin esfuerzo,

entiendo algo que no quería pensar:

La distancia no rompe de golpe.

Desordena.

Y cuando algo se desordena durante suficiente tiempo,

a veces ya no vuelve a colocarse igual.

La serie sigue.

Yo me quedo callada.

Y por primera vez desde que se fue, no lo echo de menos con intensidad.

Lo echo de menos con calma.

Y eso me asusta más.