42
Marc
Han pasado cinco semanas.
Cinco.
Al principio contaba los días.
Ahora cuento las veces que hablamos de verdad.
La reunión fue mejor de lo que esperaba.
Firmé algo pequeño.
Nada gigante.
Pero suficiente para quedarme.
Ensayos.
Sesiones.
Gente nueva que habla rápido y promete cosas más rápidas todavía.
Estoy ocupado.
Eso es lo que digo cuando alguien pregunta.
Ona ya no pregunta tanto.
Al principio hablábamos cada noche.
Videollamadas largas.
Risas.
Ella enseñándome el local vacío.
Yo enseñándole el estudio.
Luego las llamadas se acortaron.
Después empezaron a ser audios.
Ahora son mensajes.
“¿Cómo estás?” “Bien.” “Tú?” “También.”
No es pelea.
Es menos.
Y eso es peor.
Estoy sentado en el estudio cuando recibo una foto suya.
Está en Harrington’s.
Cantando.
La luz amarilla detrás.
Se ve bien.
Se ve… tranquila.
Le doy like.
No sé qué decir.
Escribo:
Tarda en responder.
Sin emoji.
Sin nada más.
Eso antes habría significado algo enorme.
Ahora es correcto.
Neutro.
Joel me llama por la noche.
—Está diferente —dice sin rodeos.
—¿Cómo?
—Más independiente.
Eso debería gustarme.
Pero no suena bien.
—¿Sale? —pregunto.
—Sí.
—¿Con quién?
—Con Clara. Con gente nueva del local. Normal.
Normal.
Esa palabra me aprieta el pecho.
Porque yo no estoy en ese normal.
Estoy en otra ciudad.
En otro ritmo.
En otra vida que empieza a crecer sin ella dentro.
—No la estás perdiendo todavía —dice Joel.
Todavía.
Esa palabra es peligrosa.
—No estoy haciendo nada malo —digo.
Y es verdad.
No hay traición.
No hay engaño.
Solo distancia.
—Lo sé —responde Joel—. Pero no todo lo que duele es culpa de alguien.
Me quedo mirando el techo del piso que he alquilado por meses.
No es Londres.
No es el sofá con manta.
No es el local con cables.
Es otra cosa.
Más grande.
Más profesional.
Más vacía.
El productor me manda un correo:
“Mañana grabamos versión definitiva.”
Definitiva.
Todo aquí suena definitivo.
Mientras en Londres todo suena suspendido.
Le escribo a Ona:
Tarda.
Cinco minutos.
Diez.
No es excusa.
Es real.
Pero no es lo que habría pasado antes.
Antes habría salido más tarde.
Ahora no.

Y ahí, en mitad de una ciudad que se supone que es mi casa,
siento por primera vez algo que no quería aceptar:
No es que ella se esté alejando.
Es que la vida sigue aunque yo no esté.
Y eso no lo había calculado.