41
Ona
Ona no llora cuando cuelga.
Eso me preocupa más que si hubiera gritado.
Se queda sentada en la cama, mirando el móvil como si todavía estuviera en llamada.
—¿Qué ha dicho? —pregunto desde la puerta.
Tarda unos segundos en responder.
—Que se queda.
Así, sin drama.
Sin adornos.
Se levanta.
Se quita el lazo del pelo.
Lo deja sobre la mesa.
Pequeño gesto.
Pero lo conozco.
Eso significa que está intentando no romperse.
—¿Te ha dicho cuánto tiempo? —pregunto.
—Un par de meses.
“Un par de meses.”
Como si fuera nada.
Asiento despacio.
No digo nada más.
Porque si digo “eso es mucho”, lo hago real.
Esa noche no cena.
Dice que no tiene hambre.
Se mete en la cama antes de las diez.
No duerme.
Lo sé porque la oigo moverse.
Al día siguiente va al ensayo.
Canta.
Sonríe cuando toca.
Funciona.
Pero ya no está entera.
Es como si hubiera dejado una parte de ella en esa llamada.
Joel lo nota.
Yo lo noto.
Marc no lo está viendo.
Y eso también duele.
Después del ensayo, Ona dice que tiene que estudiar y se va antes.
Nos quedamos Joel y yo recogiendo cables.
Silencio raro.
—Se va a romper —dice Joel de repente.
No lo miro.
—Ya lo está haciendo un poco.
Joel se sienta en el suelo.
No tiene energía hoy.
—No quería que fuera así.
—Nadie quiere que las cosas sean así.
Se pasa la mano por la cara.
—Él cree que puede hacer las dos cosas.
—No puede.
—Lo sé.
Silencio.
—¿Sabes qué es lo peor? —pregunto.
—¿Qué?
—Que no está eligiendo mal.
Joel levanta la vista.
—¿Cómo que no?
—Es una oportunidad grande. No es capricho.
—Entonces ¿por qué se siente tan mal?
Porque las decisiones correctas también duelen.
No se lo digo así.
—Porque la forma importa —respondo.
Joel asiente.
Se queda mirando el suelo.
—Yo no me fui por algo grande.
Lo miro.
Es la primera vez que dice algo así sin que yo le pregunte.
—¿No?
Niega con la cabeza.
—Me fui porque la cagué.
Eso no lo esperaba.
—¿En qué?
Suspira.
—Estaba estudiando arquitectura. Lo odiaba. Pero seguía porque era lo que tocaba.
Eso encaja.
—Y un día dejé una entrega importante sin hacer.
—¿Por qué?
—Porque ya no podía más.
Se ríe sin gracia.
—Me suspendieron. Perdí la beca. Mis padres dejaron de hablarme una temporada.
Me quedo quieta.
Nunca habla de eso.
Nunca habla en serio.
—Y en vez de arreglarlo… me vine.
Ahí está.
No era valentía.
Era huida.
—¿Y ahora? —pregunto.
—Ahora no quiero huir otra vez.
Eso sí lo dice firme.
Me mira directo.
—Y no quiero ser el tipo que anima a su amigo a elegir algo que luego le explota en la cara.
Silencio.
No es el Joel caótico.
Es alguien más.
Más adulto de lo que aparenta.
—No puedes decidir por él —le digo.
—Lo sé.
—Pero puedes estar cuando vuelva.
Se queda pensando.
—¿Y si vuelve demasiado tarde?
No tengo respuesta.
Porque esa es la pregunta que ninguno quiere responder.
Me siento a su lado.
—¿Sabes qué me da más miedo? —digo.
—¿Qué?
—Que Ona no le monte una escena.
—¿Eso es malo?
—Sí. Porque significa que no va a pelear.
Joel entiende al instante.
Si Ona decide que no es su sitio, no suplica.
Se va.
Y eso sí sería definitivo.
Nos quedamos un rato más en silencio.
El local vacío suena más grande que nunca.
Y por primera vez, Joel no hace ningún chiste para romper la tensión.
Y yo, por primera vez, no quiero que lo haga.