Para cuando vuelvas 40
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Marc

Cuando dice “¿Es más de una semana?” ya sé que no puedo mentir.

Pero tampoco sé decirlo bien.

Estoy apoyado contra la pared del estudio, lejos del ruido, lejos de todo.

—No lo sé exacto —repito.

Error número uno.

El silencio al otro lado pesa más que cualquier respuesta.

—Marc.

Su voz ya no está enfadada.

Está cansada.

—Depende de cómo vaya todo —añado.

Error número dos.

—¿Depende de qué? —pregunta.

Podría decir: tres meses mínimo.

Podría decir: quieren que me quede.

Podría decir: tengo miedo de perder esto.

Pero en vez de eso digo:

—Es una oportunidad grande.

Silencio.

No es lo que preguntó.

Lo sé.

—No te estoy pidiendo que vuelvas —dice finalmente—. Te estoy preguntando cuánto tiempo.

Me paso la mano por el pelo.

—Podrían ser… un par de meses.

Lo digo así.

Como si fuera poco.

Como si dos meses no fueran una estación entera.

Como si no cambiara nada.

El silencio al otro lado cambia.

No explota.

Se enfría.

—¿Y ya lo sabías? —pregunta.

Ahí está la pregunta real.

—Me lo dijeron hoy.

Media verdad.

No toda.

—¿Y pensabas decírmelo cuándo?

No hay reproche.

Eso lo hace peor.

—Cuando estuviera claro.

—Está bastante claro.

No tengo respuesta.

Porque lo está.

—No quería preocuparte por algo que no sabía si iba a aceptar —digo.

—Pero sí lo estás considerando.

No es acusación.

Es lógica.

Y no puedo negarlo.

—Sí.

La palabra cae pesada.

Al otro lado solo se escucha su respiración.

—Vale —dice después.

Ese “vale” no significa vale.

—Ona.

—No quiero ser la persona que te impide hacer algo grande.

Eso me atraviesa.

Porque nunca pensé que la estaba poniendo en esa posición.

—No eres eso.

—Pero lo parece.

Me quedo sin aire un segundo.

Porque tiene razón.

Si me quedo aquí, es por la música.

Si vuelvo, es por ella.

Y en algún momento esa comparación va a aparecer.

—No es una elección entre tú y esto —digo.

Pero mientras lo digo, suena exactamente a eso.

Silencio largo.

—¿Te vas a quedar? —pregunta.

Podría decir no.

Podría decir todavía no sé.

Pero digo:

—Creo que debería intentarlo.

Error número tres.

No porque sea incorrecto.

Porque no estoy preparado para lo que significa.

El silencio esta vez es distinto.

No frío.

Roto.

—Vale —dice.

Y esta vez sé que no hay nada más detrás.

—Tengo que irme —añade.

—Ona—

Pero ya ha colgado.

Me quedo mirando la pantalla.

No siento euforia.

No siento victoria.

Siento vértigo.

Porque por primera vez, desde que fui a Londres, sí fue una elección.

Y acabo de hacerla.