Para cuando vuelvas 39
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Ona

No estoy enfadada.

Eso es lo peor.

Si estuviera enfadada sería más fácil.

Pero estoy… en pausa.

Marc me escribió que había ido bien.

Yo respondí “Me alegro.”

Podría haber preguntado más.

No lo hice.

Porque no sé si quiero escuchar la respuesta.

—Tienes cara de insomnio —dice Clara desde la cocina.

—He dormido.

—Mal.

No respondo.

Estoy sentada en el sofá mirando el mismo mensaje desde hace diez minutos.

“Ha ido bien.”

Eso puede significar cualquier cosa.

Clara se sienta a mi lado.

—Vale. Plan de emergencia.

—No necesito plan.

—Sí lo necesitas.

Me mira como si me conociera demasiado.

—Salimos. Librería. Café. Fingimos que somos personas estables.

No tengo energía para discutir.

—Vale.

La librería huele a libros y calefacción vieja.

Me gusta.

Siempre me calma.

Clara se pierde entre estanterías como si tuviera una misión.

Yo cojo un libro cualquiera sin leer el título.

—No estás leyendo —dice sin mirarme.

—Estoy sosteniendo papel.

—Eso no cuenta.

Intento concentrarme.

No puedo.

Mi cabeza vuelve a la frase que Clara me dijo.

Tres meses si todo va bien.

Tres meses no son “unos días”.

Tres meses son otra estación.

Otra rutina.

Otro ritmo.

—Ona.

Levanto la vista.

Clara me está observando desde el otro lado del pasillo.

—¿Qué te duele exactamente?

Esa pregunta me rompe un poco.

No la canción.

No la productora.

No España.

—Que no me lo dijera.

Mi voz suena más pequeña de lo que esperaba.

Clara asiente.

—Eso sí duele.

—No era la oportunidad lo que me molestaba.

—Era que decidiera solo.

Asiento.

El aire se me queda más corto.

—Si se va tres meses… —empiezo.

No termino.

Clara se acerca.

—Dilo.

—Si se va tres meses, ya no es lo mismo.

Silencio.

El tipo de silencio que confirma algo que ya sabías.

Intento tragar.

No puedo.

El pecho se me aprieta demasiado.

—Ona.

Y entonces pasa.

No dramático.

No cinematográfico.

Solo lágrimas que no estaba planeando.

—No quería que fuera una elección —digo entrecortada—. Pero lo es.

Clara me abraza sin decir nada.

Y eso lo agradezco.

Porque si me dijera “todo va a estar bien”, no me lo creería.

—Llámalo —dice después de un rato.

—No quiero parecer intensa.

—No lo eres.

—No quiero que piense que no quiero que este allí.

—No es eso.

Tiene razón.

No es que no quiera que no este allí.

Es que quiero que me incluya.

Saco el móvil.

Lo miro.

Dudo.

Clara me lo quita y me lo vuelve a dar.

—Hazlo.

Marco.

El tono suena más largo de lo normal.

Contesta al cuarto.

—¿Ona?

Escuchar su voz desde lejos me rompe más de lo que esperaba.

—Hola.

—¿Estás bien?

No sé mentir.

—No.

Silencio al otro lado.

—¿Qué pasa?

Respiro hondo.

—¿Cuánto tiempo es?

Tarda en responder.

Demasiado.

Y en ese silencio ya entiendo la respuesta.

—No lo sé exacto —dice finalmente.

Cierro los ojos.

—Marc.

Mi voz tiembla.

—¿Es más de una semana?

Silencio otra vez.

Y ahora sí.

Lo sé.

Y duele.