Para cuando vuelvas 37
46%

37

Clara

Ona no grita.

No hace drama.

Eso es lo que más me preocupa.

Cuando Joel suelta lo de la productora, ella se queda quieta. No enfadada. No histérica. Quietísima.

—Vale —dice.

Solo eso.

Y recoge su chaqueta.

—Ona —le llamo.

Pero ya está caminando hacia la puerta del local.

No corre.

No llora.

Simplemente se va.

La puerta se cierra y el silencio que queda es más incómodo que cualquier discusión.

Me giro hacia Joel.

Lo fulmino con la mirada.

—Eres incapaz de mentir.

—Lo sé.

—¿Semanas?

Joel se pasa la mano por la nuca.

—Él quería contarlo cuando fuera más seguro.

—¿Más seguro para quién?

Joel no responde.

Se deja caer en el suelo.

—No quería perderla.

Resoplo.

—Pues igual la pierde por no decir nada.

Joel me mira.

No defensivo.

Preocupado.

—No era con mala intención.

—Eso no importa.

Camino de un lado a otro del local.

—No es la canción lo que le va a doler.

—Lo sé.

—Es que no la eligiera para contárselo.

Joel asiente despacio.

—Tiene miedo.

—¿A qué?

—A volver a ser el chico que era.

Eso me frena.

Porque en el fondo lo entiendo.

—¿Y crees que mentir lo hace mejor?

—No.

Silencio.

El zumbido del amplificador suena más fuerte de lo normal.

—¿Se va mucho tiempo? —pregunto.

Joel duda.

—Más de una semana.

Cierro los ojos un segundo.

—¿Cuánto más?

—No sé exacto.

Eso significa que sí lo sabe.

Pero no quiere decirlo.

—Tres meses si todo va bien —dice finalmente.

Tres meses.

Suelto el aire despacio.

—Es demasiado.

Joel asiente.

—Sí.

Me dejo caer frente a él.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque si lo decía en voz alta se volvía real.

Eso me duele un poco.

Porque es muy de Marc.

Tomar decisiones solo.

Proteger a los demás sin preguntar si quieren protección.

—Va a pensar que ya ha elegido —digo.

—No es así.

—Pero lo parece.

Joel baja la mirada.

—No quería que fuera una elección.

—Pues lo es.

Nos quedamos en silencio un rato.

No incómodo.

Pesado.

—¿Crees que ella lo va a dejar? —pregunta Joel.

Lo miro.

—No lo sé.

Y eso es lo peor.

Porque Ona no es impulsiva.

Es orgullosa cuando le duele.

Y si siente que la dejaron fuera de algo importante, no va a perseguir a nadie.

Se levanta.

—Voy a buscarla.

—No —le digo.

—¿No?

—Necesita espacio.

Joel asiente.

Se queda de pie sin saber qué hacer con las manos.

—La quiero —dice de repente.

Parpadeo.

—¿A Ona?

—No, idiota. A Clara.

Me quedo quieta.

—¿Qué?

—No sé en qué momento pasó, pero pasó.

Lo miro.

Por primera vez no está nervioso.

Está seguro.

Y eso me descoloca más que todo lo anterior.

—No es el momento —digo.

—Ya lo sé.

Silencio.

—Pero tampoco quiero callarme siempre.

No sé qué contestar a eso.

Porque tiene razón.

Callarse es lo que nos ha traído hasta aquí.

Miro la puerta por la que Ona salió hace diez minutos.

Y tengo la sensación de que acabamos de cruzar una línea invisible.

No es ruptura todavía.

Pero la grieta ya está ahí.

Y ahora solo queda ver quién la cruza primero.