Para cuando vuelvas 32
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Marc

No es una notificación.

No es una llamada.

Es peor.

Es normal.

Estoy apoyado en la barra de Harrington’s cuando empieza a sonar desde una mesa del fondo.

Reconozco los acordes al instante.

Ruido Azul.

No es raro que la pongan.

Lo raro es escuchar mi voz en este sitio.

Con Ona a menos de tres metros.

—Me encanta esta canción —dice una de las chicas.

Clara asiente desde la caja.

—Es buena.

Ona se gira un poco, escuchando sin interrumpir lo que está haciendo.

La canción avanza hasta el estribillo.

Mi estómago se tensa como si alguien hubiera pronunciado mi nombre.

—Es mucho mejor que la otra de ese chico español, aunque la voz se parece mucho ¿te acuerdas? —dice otra chica.

No.

No.

No.

—¿Cuál?

—La que se hizo viral hace años. La de “Casi Caer” o algo así. Súper dramática. Y luego el tío la lió en redes.

Se ríen.

No con maldad.

Con ligereza.

Como si fuera anécdota vieja.

Como si no hubiera sido mi vida durante meses.

Ona frunce el ceño, intentando recordar.

—Ah, sí. La escuché una vez. Era intensa.

Intensa.

—Mucho ego —añade una de ellas—. Sonaba a “miradme sufrir”.

Se ríen otra vez.

Yo me quedo quieto.

No porque me duela.

Porque tienen razón.

Esa canción era exactamente eso.

Yo era exactamente eso.

Clara se encoge de hombros.

—Ruido Azul suena más honesta.

Honesta.

Ona asiente.

—Sí. Es diferente. Se nota que, el que la haya hecho, ha pasado por algo y lo ha entendido mejor.

Esa frase me golpea directo.

No sabe que me está hablando a mí.

No sabe que la diferencia entre esas dos canciones soy yo antes y yo ahora.

La mesa sigue con la conversación.

—Ojalá el de Ruido Azul no la líe como el otro —dice una chica.

—Seguro que no —responde la otra.

Seguro.

Si supieran.

Ona vuelve a lo que estaba haciendo, pero noto que piensa algo.

Se acerca a la barra donde estoy.

—Es curioso —dice en voz baja—. Cómo la gente te define por un momento y ya está.

Trago saliva.

—Sí.

—Pero también cómo puedes hacer algo mejor después y que eso sea lo que quede.

No me mira cuando lo dice.

Lo dice como reflexión general.

No sabe.

Y eso es lo que pesa.

Porque en su cabeza son dos personas distintas.

El chico del desastre.

Y el que ha hecho Ruido Azul.

No sabe que soy los dos.

Mi móvil vibra en el bolsillo.

Otra notificación.

No lo saco.

No quiero romper este segundo.

—¿Te pasa algo? —pregunta.

—No.

Mentira.

Ella me observa un instante más.

No insiste.

Confía.

Y eso me da más miedo que cualquier comentario en una mesa al fondo.

Porque cuando lo sepa,

no quiero que me mire distinto.