Para cuando vuelvas 31
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Ona

Me despierto porque hay demasiada luz.

Tardo unos segundos en entender por qué no estoy en mi habitación.

Sofá.

Manta.

Marc.

Su brazo sigue alrededor de mi cintura. No apretando. Solo ahí.

Me quedo quieta un momento.

No quiero moverme todavía.

Su respiración es lenta. Está medio dormido.

Yo no.

Yo estoy demasiado despierta.

Demasiado consciente.

La noche anterior vuelve a mi cabeza como una escena repetida: Primrose Hill. El beso. Clara viéndonos. Mi cero ganas de fingir.

Me muevo apenas.

Marc abre los ojos casi al instante.

—¿Buenos días? —murmura.

Tiene la voz grave de recién despierto.

—Buenos días.

No nos soltamos inmediatamente.

Eso me gusta.

—¿Seguís vivos? —pregunta mirando hacia el suelo.

Clara y Joel están todavía tirados entre mantas y cojines.

Joel tiene el brazo extendido en una posición imposible.

—Creo que sí —respondo.

Marc sonríe un poco.

—Vale.

Silencio cómodo.

No hay esa vergüenza exagerada que temía.

No hay “ups”.

Solo tranquilidad.

—Clara lo sabe —le recuerdo.

—Ya me he dado cuenta.

—¿Te importa?

—No.

A mí tampoco.

Nos levantamos con cuidado para no pisar a nadie.

En la cocina pequeña, el suelo está frío.

Me subo las mangas.

—Hay pan —digo revisando la bolsa.

—Eso es bueno.

—Y huevos.

—Eso ya es desayuno serio.

Marc se acerca detrás de mí para coger algo del armario.

Estamos demasiado cerca para que sea casual.

Pero ya no nos separamos rápido.

—Yo hago el café —dice.

—Eso es peligroso.

—Confía.

—Esa palabra otra vez.

Sonríe.

Empiezo a hacer huevos revueltos.

Él corta el pan.

La cocina es pequeña y nos chocamos todo el rato.

—Eso es invasión de espacio personal —digo cuando me roza el brazo.

—Espacio compartido —corrige.

Me río.

Desde el salón se oye un gemido dramático.

—¿Hay comida? —grita Joel con voz de superviviente.

—Solo para los que madrugan —respondo.

Clara aparece en la puerta despeinada, analizándonos con una sonrisa sospechosa.

—Qué monos.

—Cállate —digo.

Joel se deja caer en una silla.

—Huele a relación estable.

—Huele a huevos —corrige Marc.

Me atraganto con la risa.

Clara se sienta frente a nosotros.

—Vale, pregunta seria.

—No —digo inmediatamente.

—Sí.

—No.

—¿Oficial?

Miro a Marc.

Él me mira.

No hace falta discurso.

—Sí —dice él tranquilo.

El silencio dura medio segundo.

Luego Clara sonríe enorme.

Joel levanta los brazos.

—¡Por fin! ¡Necesitaba confirmar que no estaba imaginando cosas!

—¿Desde cuándo lo sabías? —pregunto.

—Desde que os miráis como si el resto del mundo estuviera desenfocado —responde Clara.

No sé qué contestar a eso.

Marc deja el plato en la mesa.

Nos sentamos los cuatro.

No hay tensión rara.

No hay interrogatorio.

Solo desayuno.

Joel habla de su primer turno al día siguiente.

Clara le da consejos que no ha aplicado nunca en su vida.

Yo siento la rodilla de Marc rozando la mía debajo de la mesa.

Esta vez no escondido.

Simplemente ahí.

Y por primera vez, no siento que tengamos que proteger algo frágil.

Se siente estable.

Como si ya no fuera solo emoción.

Como si fuera elección.

Y eso, sinceramente, me da menos miedo que antes.