30
Clara
Me despierto porque tengo el cuello roto.
Joel pesa más de lo que aparenta cuando decide dormirse encima de ti.
Intento moverme sin que se despierte.
Fracaso.
Abre un ojo.
—¿Seguimos vivos? —murmura.
—Creo que sí.
Se gira y vuelve a dormirse como si nada.
Yo me incorporo despacio.
La tele sigue encendida. Pantalla azul. El salón en penumbra.
Y entonces los veo.
En el sofá.
Ona y Marc.
No es “se quedaron dormidos cerca”.
No es “ay qué casualidad”.
Es abrazo claro. Pierna entrelazada. Mano cogida. Cabeza encajada perfectamente en el hueco de su hombro como si hubiera estado ensayado.
Me quedo quieta.
Parpadeo.
No por sorpresa.
Por confirmación.
Lo sabía.
Desde Primrose Hill.
Desde la forma en la que él la mira cuando canta.
Desde la manera en que ella dejó de cantar para que la validaran y empezó a cantar porque sí.
Pero verlo así es diferente.
No parece precipitado.
No parece forzado.
Parece… correcto.
Ona abre los ojos.
Me ve.
Se queda congelada.
La miro.
Levanto una ceja.
Lento.
Señalo con el dedo.
Luego junto las manos en aplauso silencioso.
No puedo evitar sonreír.
Ella hace un gesto de “cállate”.
Como si eso fuera posible.
Me acerco un poco.
Él sigue dormido.
Ella no se mueve.
Eso me gusta.
No se aparta.
No lo empuja.
No finge.
Susurro:
—Por fin.
Porque es verdad.
Por fin dejó de fingir que no le importaba.
Por fin él dejó de mirarla como si fuera a romper algo frágil.
Por fin.
Me voy hacia el pasillo sin hacer ruido.
Pero antes de cerrar la puerta de mi habitación, me quedo un segundo apoyada en la pared.
Y pienso.
Me alegro.
Mucho.
Pero también sé algo que ellos todavía no están pensando.
Esto es la parte fácil.
La parte bonita.
La parte de sofá, mantas y mensajes a las dos de la mañana.
La parte en la que todo encaja porque nadie está siendo puesto a prueba.
Y conozco a Ona.
Cuando algo le importa de verdad, empieza a tener miedo de perderlo.
Y conozco a Marc lo suficiente para saber que no le gusta que le pidan que se quede si siente que no es suficiente.
No es drama.
Es personalidad.
Suspiro.
No quiero que salga mal.
Pero tampoco quiero que se protejan tanto que nunca arriesguen.
Desde el salón escucho movimiento.
Voces bajas.
Risas suaves.
Y sonrío otra vez.
Porque ahora mismo no hay nada que romper.
Solo dos personas que se eligieron sin hacer ruido.
Y eso, sinceramente, ya es bastante raro.