28
Marc
No sé cuándo empezamos a coordinarnos sin hablarlo.
Pero ahora pasa todo el rato.
Ella sale del metro y yo ya sé si ha tenido buen día por cómo camina.
Yo entro en Harrington’s y ella sabe si estoy cansado por cómo dejo la mochila.
Y nadie más parece notarlo.
—No os quedéis hasta tarde —dice Clara esa noche mientras se pone el abrigo.
—Nunca lo hacemos —responde Ona.
Joel me mira.
Levanta una ceja.
No lo sabe.
Pero sospecha que algo flota en el aire.
Cuando se van, el local queda medio vacío. Música más baja. Luces cálidas.
Ona se sienta en la barra.
Yo enfrente.
—Hoy no quiero tocar nada triste —dice.
—¿Eso es indirecta?
—Sí.
Me acerco un poco.
—Entonces tocamos algo que no tenga sentido.
—Perfecto.
Sube al piano.
Empieza con algo rápido, casi divertido.
Me uno con la guitarra.
No es profundo.
No es artístico.
Es ligero.
Nos reímos cuando ella cambia el ritmo sin avisar.
—Eso es sabotaje —le digo.
—Eso es talento.
La gente del local empieza a mirar.
No como antes.
Ahora miran como si esperaran que pase algo.
No saben qué.
Nosotros tampoco.
Terminamos entre risas.
—Estás feliz —le digo cuando vuelve a la barra.
—Sí.
—Se nota.
—¿En qué?
—En que ya no cantas para que te validen.
Se queda quieta un segundo.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Ya no cantas como si estuvieras huyendo.
Eso me deja pensando.
Tiene razón.
No estoy huyendo.
Estoy quedándome.
Más tarde salimos juntos.
Clara ya se ha ido.
Joel también.
Es tarde, pero no demasiado.
Caminamos sin rumbo.
No necesitamos un plan.
Paramos en una tienda 24 horas solo para comprar chocolate absurdo.
—Esto es mala decisión financiera —dice ella.
—Es inversión emocional.
Nos sentamos en un banco cualquiera.
Compartimos el chocolate.
Ridículo.
Simple.
—Marc.
—¿Sí?
—¿Esto qué es?
Podría decir muchas cosas.
Podría hacerlo grande.
No lo hago.
—Es lo que estamos haciendo.
Sonríe.
—Eso no es respuesta.
—Es suficiente.
Me mira.
No hay duda en su expresión.
Solo curiosidad tranquila.
—No quiero que cambie de repente —dice.
—No va a cambiar de repente.
—Prométemelo.
No digo “lo prometo”.
No quiero hacer promesas enormes a los 19.
—No tengo intención de irme a ningún lado.
Eso es lo más honesto que puedo dar.
Asiente.
Se acerca un poco.
Apoya la cabeza en mi hombro.
No hay público.
No hay dramatismo.
Solo la ciudad respirando alrededor.
Y por primera vez, no estoy pensando en qué pasará cuando algo salga mal.
Estoy pensando que, ahora mismo, todo está bien.
Y eso es suficiente.