Para cuando vuelvas 27
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Ona

No sé en qué momento empezamos a quedarnos después del ensayo cuando Clara y Joel se iban antes.

Bueno, sí lo sé.

Pero nadie lo dice.

—Tengo turno temprano mañana —dice Clara recogiendo el bajo.

—Y yo madrugo oficialmente como adulto funcional —añade Joel.

Nos miran.

Demasiado neutrales.

—No os quedéis hasta las tres —dice Clara.

—Nunca hacemos eso —respondo.

Mentira.

Se van.

La puerta del local se cierra.

Silencio.

Solo queda el zumbido leve del amplificador encendido.

Marc está sentado en el suelo con la guitarra apoyada en la rodilla.

Yo en el piano.

No estamos demasiado cerca.

Pero tampoco lejos.

—¿Seguimos? —pregunta.

Asiento.

Empiezo a tocar algo suave.

No lo había pensado antes.

Solo sale.

Tres acordes.

Repetidos.

Él entra después.

No pregunta tono.

No pide estructura.

Simplemente se mete.

Y encaja.

—Eso es diferente —dice.

—¿Diferente bien o diferente raro?

—Diferente tú.

Siento algo en el pecho.

—No sé de qué va —digo.

—No hace falta saberlo aún.

Seguimos tocando.

Esta vez no nos reímos tanto.

No es caos.

Es concentración.

—Di algo —dice de repente.

—¿Qué?

—Una frase.

Pienso un segundo.

Miro el teclado.

— “Si te vas…”

—Eso es dramático.

—Cállate.

—Vale.

Se queda pensando.

— “No cierres la puerta.”

Lo miro.

—Eso es peor.

—Es específico.

Repetimos los acordes.

Yo pruebo otra cosa.

—“ No me prometas que vuelves.”

Él levanta la vista.

—Eso me gusta.

El aire cambia un poco.

No por tensión.

Por algo más serio.

No estamos hablando de nosotros.

Pero tampoco estamos hablando de nada concreto.

Seguimos.

Él canta suave encima.

Improvisa.

Yo intento seguirlo.

Nos equivocamos.

Volvemos.

—Espera —dice de repente.

Saca el móvil.

Graba.

—Por si mañana pensamos que es horrible.

—Probablemente lo será.

—Pero hoy no lo es.

Cantamos otra vez.

Más seguros.

Más juntos.

Y en el estribillo, sin planearlo, digo:

— “Para cuando vuelvas…”

Se me escapa.

No lo había pensado.

Solo salió.

Marc se queda quieto un segundo.

Repite la frase.

— “Para cuando vuelvas…”

La canta diferente.

Más grave.

Más lento.

Se me eriza la piel.

No sé por qué esa frase pesa.

No estamos separados.

No estamos discutiendo.

No hay drama.

Pero suena como algo que no quieres decir en voz alta.

—Suena triste —digo.

—No tiene por qué.

—Un poco sí.

Silencio pequeño.

No incómodo.

Consciente.

—Guárdalo —dice.

—¿El qué?

—La frase.

No sé si se refiere a la canción.

O a algo más.

Apago el piano.

El local se queda más oscuro.

Solo la luz cálida de la esquina encendida.

—Me gusta cuando hacemos esto —digo.

—¿El qué?

—No competir.

Él sonríe.

—Yo también.

Se levanta.

Se acerca.

No demasiado.

Lo justo.

—Ona.

—¿Sí?

—Si algún día me voy…

Le miro.

—No empieces.

Se ríe.

—No lo digo en serio.

Pero la frase se queda ahí.

Suspendida.

Como si el aire la hubiera atrapado.

Coge la guitarra.

La guarda.

Yo cierro el piano.

Salimos del local juntos.

No hablamos mucho camino al metro.

Pero cuando nuestras manos se buscan sin mirar,

sé que esa canción no ha sido casual.

Y que aunque ahora no signifique nada oscuro,

algún día lo hará.