26
Marc
No soltamos las manos al bajar de Primrose Hill.
No lo hablamos.
No lo decidimos.
Simplemente pasó.
La ciudad está más fría ahora que es de noche, pero no lo siento.
—No se lo digamos todavía —dice Ona mientras caminamos.
—¿A Clara y Joel?
Asiente.
—Un poco más nuestro.
Me gusta cómo suena eso.
Nuestro.
—Vale —digo—. Secreto oficial.
—Temporal.
—Claro.
Seguimos bajando la colina.
Cada vez que el camino se estrecha, su hombro roza el mío. Ya no hay esa tensión de antes. No hay “¿esto está bien?”. Está bien.
Llegamos a la calle principal y el ruido vuelve de golpe.
—¿Te arrepientes? —pregunto sin mirarla.
—¿De qué?
—Del beso.
Se gira hacia mí con una expresión que casi parece ofendida.
—No.
—Bien.
—¿Tú?
—No.
Silencio pequeño.
—Fue tranquilo —dice.
—Sí.
—Eso me gusta.
—A mí también.
Caminamos hacia el metro. En el andén hay gente dispersa, auriculares puestos, miradas perdidas.
Ella se apoya contra la pared y me mira como si estuviera evaluando algo.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Nada nunca es nada.
Se acerca un poco.
No tanto como arriba.
Pero suficiente.
—Solo estoy pensando que ahora es raro fingir normalidad.
—Somos bastante buenos fingiendo.
—No sé.
El tren llega.
Subimos.
Hay asientos libres.
Nos sentamos uno al lado del otro.
No hay espacio para que nuestras piernas no se toquen.
Y esta vez no fingimos que no pasa.
Su mano está apoyada en el asiento entre nosotros.
La mía también.
Nuestros dedos se rozan.
No los entrelazamos.
Pero tampoco los apartamos.
—Mañana ensayo —dice.
—Sí.
—Va a ser raro.
—Un poco.
Sonríe.
—Me gusta raro.
Me río.
—Eso explica muchas cosas.
Se apoya en mi hombro sin dramatismo.
Solo lo hace.
Y yo no me tenso.
No me quedo rígido.
Simplemente la dejo.
El metro frena.
Un grupo de turistas entra hablando demasiado alto.
La ciudad sigue.
Nadie sabe nada.
Y eso lo hace mejor.
Cuando salimos a la calle, el aire es más frío que antes.
Ella se mete las manos en las mangas del abrigo.
—Tengo frío —dice.
—Siempre.
La acerco un poco hacia mí mientras caminamos.
No es exagerado.
No es escena de película.
Es natural.
—Marc —dice de repente.
—¿Sí?
—Gracias por no hacerlo rápido.
Me quedo pensando en eso.
—Gracias por no hacerlo complicado.
Se ríe bajo.
—Todavía podemos complicarlo.
—No me des ideas.
Llegamos a la esquina donde solemos despedirnos.
Hay una farola que siempre parpadea un poco.
Nos quedamos quietos.
No hay prisa.
—Entonces… —dice.
—Entonces.
La beso otra vez.
Más corto.
Más seguro.
Ya no es pregunta.
Es confirmación.
Cuando nos separamos, no hay nervios.
Hay calma.
—Buenas noches, Marc.
—Buenas noches, Ona.
La veo subir las escaleras de su edificio.
No siento vértigo.
No siento miedo.
Solo algo estable.
Y eso, para mí, es nuevo.