Para cuando vuelvas 25
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Ona

No sé en qué momento volver a Primrose Hill se convirtió en tradición.

—Prometo que esta vez veremos algo del cambio de luz —dice Clara mientras subimos la colina.

Joel se queja como siempre.

—¿Por qué siempre hay que subir cosas?

—Porque las vistas están arriba —responde ella.

Marc camina a mi lado.

No demasiado cerca.

Pero suficiente.

El viento de febrero es más frío hoy. Me meto las manos en los bolsillos del abrigo nuevo.

—¿Ves? —dice él—. Buena elección.

—No te emociones.

Sonríe.

Clara y Joel se adelantan otra vez, compitiendo como siempre.

—Perdedores invitan a café —grita Joel.

—No hemos aceptado eso —responde Clara.

Se alejan entre risas.

Y de repente estamos un poco más atrás.

Otra vez.

Llegamos arriba cuando el cielo ya está empezando a ponerse naranja.

La ciudad se extiende delante. Luces encendiéndose poco a poco. El aire huele a frío limpio.

Clara y Joel se sientan más lejos, discutiendo sobre algo absurdo.

Marc y yo nos quedamos de pie un momento.

—Me gusta más ahora —dice él mirando Londres.

—¿Ahora cuándo?

—Ahora que ya no parece gigante.

Miro la ciudad.

—No lo es tanto.

Silencio.

El viento mueve mi pelo. Esta vez no llevo coleta. Solo el lazo negro sujetando unos mechones.

Marc se acerca un poco.

—Lo de ayer —dice.

—Sí.

—No fue porque no quisiera.

—Ya lo sé.

Me mira.

—No quería hacerlo mal.

Sonrío un poco.

—No hay manual.

—Eso me preocupa.

—A mí no.

Silencio.

Más cerca ahora.

No porque hayamos dado un paso claro.

Sino porque el espacio se ha reducido solo.

Puedo notar su respiración.

El ruido de la ciudad es lejano.

—Ona —dice en voz más baja.

—¿Sí?

Su mano roza la mía.

No es accidente esta vez.

No la aparto.

Nuestros dedos se entrelazan sin dramatismo.

Natural.

—¿Puedo? —pregunta.

No especifica.

No hace falta.

Asiento.

Y no pasa de golpe.

No es impulso.

Se acerca despacio.

Como si estuviera asegurándose de que no voy a echarme atrás.

No lo hago.

Sus labios rozan los míos primero.

Suaves.

Casi una pregunta.

Y cuando no me aparto, el beso se queda.

No es intenso.

No es torpe.

No es perfecto.

Es tranquilo.

Es real.

Es exactamente como tenía que ser.

El frío desaparece.

El ruido desaparece.

Solo un segundo.

Dos.

Tres.

Nos separamos despacio.

No hay aplausos.

No hay música.

Solo la ciudad iluminándose detrás.

Él apoya la frente contra la mía.

—Vale —murmura.

Me río un poco.

—¿Vale qué?

—Que valía la pena.

Mi corazón late fuerte, pero no descontrolado.

Seguro.

—Sí —respondo.

Desde más lejos, Clara grita:

—¿Estáis vivos o qué?

Nos separamos un poco.

Marc no suelta mi mano.

—Sí —respondo—. Estamos vivos.

Y por primera vez desde que llegué a Londres, no siento que esté intentando empezar algo.

Siento que ya estoy en ello.