Para cuando vuelvas 24
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Marc

Joel está sentado en el suelo con el portátil abierto cuando entro.

—¿Qué tal la misión abrigo? —pregunta sin levantar la vista.

—Exitosa.

—¿Color?

—Beige.

—Eso es muy adulto.

Me quito la sudadera y la dejo en la silla.

—Le queda bien.

Joel levanta la cabeza.

—Claro que le queda bien.

—No lo digo así.

—Lo estás diciendo así.

Suspiro y me dejo caer en la cama.

No estoy cansado físicamente.

Estoy… cargado.

—Casi la beso —digo.

Joel se queda quieto.

Muy quieto.

—¿Casi?

—Sí.

—Eso es peor que no besarla.

—Ya lo sé.

Cierra el portátil despacio.

—Cuéntame.

Miro el techo.

—Estábamos fuera de la tienda. Le estaba ajustando el cuello del abrigo. Estábamos muy cerca.

—¿Cuánto es “muy cerca”?

—Demasiado.

—¿Y?

—Nada.

Joel abre mucho los ojos.

—¿Nada?

—Nada.

—Marc.

—No quería forzarlo.

—¿Te parecía forzado?

—No.

—Entonces.

Me incorporo.

—No quería que fuera impulso raro.

—Pero sí querías.

Me quedo callado.

—Sí.

Joel asiente despacio.

—¿Ella quería?

—Creo que sí.

—¿Crees?

—Lo sentí.

Joel sonríe.

—Eso suena bien.

—Me dio miedo.

—¿Besarla te dio miedo?

—No besarla.

Joel me mira sin bromear esta vez.

—¿Qué exactamente te da miedo?

Pienso un segundo antes de responder.

—Que si lo hacemos, ya no es ambiguo.

—¿Y eso es malo?

—Es más real.

Joel se inclina hacia atrás apoyándose en la pared.

—Marc, ya es real.

Silencio.

—Dormiste con ella en el sofá.

—No dormí “con ella”.

—Estabas abrazándola.

—No la estaba abrazando.

—Estaba acurrucada en tu pecho.

—No fue intencionado.

Joel me mira con cara de “no me hagas esto”.

—Te gusta. A ella le gustas. Estáis saliendo solos. Os escribís todas las noches. Eso ya no es ambiguo.

Me paso la mano por el pelo.

—No quiero arruinarlo por ir demasiado rápido.

—Y tampoco quieres arruinarlo por ir demasiado lento.

—Exacto.

Joel sonríe un poco.

—Entonces haz lo único que no has hecho todavía.

—¿Qué?

—Dejar de planearlo.

Eso me molesta porque tiene sentido.

—No soy tan calculador.

—Sí lo eres.

—No lo soy.

—Marc.

Suspira.

—No eres el chico que eras en España.

Eso me deja quieto.

No esperaba que sacara eso.

—Aquí nadie sabe nada de aquello. Nadie te está juzgando. Nadie está esperando a que falles.

No respondo.

—Ella no te está midiendo —añade—. Solo está estando contigo.

Eso me golpea más fuerte que el casi beso.

Me dejo caer otra vez en la cama.

—¿Y si ella espera que yo haga algo?

—Probablemente sí.

—Genial.

Joel se ríe.

—No es presión. Es expectativa.

—Eso suena igual.

—No lo es.

Silencio.

—¿Quieres besarla? —pregunta directo.

Sí.

Pero no lo digo.

—Sí —termino diciendo igual.

Joel asiente como si ya lo supiera.

—Entonces cuando vuelva a pasar ese momento, no te quedes pensando si es perfecto.

—¿Y si no lo es?

—Mejor.

Me quedo mirando el techo.

Pienso en ella fuera de la tienda. En cómo se quedó quieta. En cómo sus ojos bajaron apenas.

No fue casualidad.

No fue imaginación.

Fue real.

Y lo dejamos pasar.

No porque no quisiéramos.

Porque queríamos hacerlo bien.

Mi móvil vibra.

Mensaje de Ona.





Sonrío.



Tarda unos segundos.





Me quedo congelado.

Silencio.

Eso no me lo esperaba.





Me río solo.

Joel me mira desde el suelo.

—¿Qué?

—Nada.

Pero no es nada.

Es todo.

Y por primera vez no siento miedo.

Siento anticipación.

Tranquila.

Segura.

Como si supiera que el siguiente momento no va a escaparse.