Para cuando vuelvas 23
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Ona

No sé por qué me he puesto nerviosa por comprar un abrigo.

Es literalmente una prenda de ropa.

Pero llevo diez minutos delante del espejo de la habitación cambiándome la sudadera.

Clara me observa desde la cama como si estuviera viendo una serie en directo.

—Es un abrigo —dice.

—Lo sé.

—Entonces deja de actuar como si fueras a una alfombra roja.

—No estoy actuando así.

—Te has cambiado tres veces.

Me miro una última vez.

Vaqueros rectos. Jersey gris claro. Lazo gris hoy. Converse blancas.

Normal.

Natural.

Tranquila.

Mentira.

—Relájate —dice Clara—. Solo vais a caminar, probar cosas y fingir que no es cita.

—No es cita.

—Claro.

Salgo antes de que siga.

Marc ya está fuera cuando llego.

Manos en los bolsillos. Sudadera gris otra vez. Pelo ligeramente despeinado como si no hubiera decidido si arreglarlo o no.

Me mira.

Sonríe un poco.

—Hola.

—Hola.

Silencio pequeño.

—¿Lista para que elija algo horrible? —dice.

—Si eliges algo horrible, no me lo pongo.

—Reto aceptado.

Caminamos hacia una zona de tiendas cerca de Oxford Street, pero nos desviamos por calles menos llenas.

No hace tanto frío como para doler.

Pero sí lo suficiente para que el aire salga blanco cuando hablamos.

Entramos en la primera tienda.

—No muy caro —digo.

—No muy básico —responde.

—No quiero parecer turista.

—No lo pareces.

Eso me hace mirarlo.

—¿Ah no?

—No.

Se mete entre percheros como si tuviera criterio real.

Saca uno.

—No.

—Ni siquiera lo has visto.

—Lo he visto lo suficiente.

—Exigente.

Probamos varios.

Me meto en el probador con tres opciones.

Desde dentro grito:

—Este es enorme.

—Es estilo oversize.

—Es estilo manta.

—Mantas son cómodas.

Salgo con uno beige que me queda un poco grande.

Marc me mira de arriba abajo.

Demasiado despacio.

—Ese.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque parece que lo llevarías aunque no estuviera de moda.

Eso me descoloca.

—¿Y eso es bueno?

—Sí.

Lo miro un segundo más.

—Vale.

Lo compro.

Salimos de la tienda.

El aire frío me golpea la cara.

Me pongo el abrigo nuevo.

—¿Me queda raro? —pregunto.

Se acerca un poco.

Demasiado cerca.

Ajusta el cuello.

Sus dedos rozan mi mandíbula apenas.

El contacto es breve.

Pero eléctrico.

—No —dice más bajo—. Te queda bien.

El mundo no se ha detenido.

Los coches siguen pasando.

La gente camina alrededor.

Pero algo ha cambiado.

Estamos demasiado cerca.

Puedo notar su respiración.

No dice nada.

Yo tampoco.

Mis manos están frías otra vez.

No por el frío.

El ruido de la calle se vuelve más lejano.

Su mirada baja a mis labios.

Solo un segundo.

Pero lo veo.

Mi corazón late demasiado fuerte.

Podría dar un paso más.

Podría inclinarme.

Podría dejar de pensar.

Pero me quedo quieta.

Él tampoco se mueve.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Una moto pasa demasiado cerca.

El ruido rompe el momento.

Me echo un poco hacia atrás.

—Gracias por ayudarme —digo, demasiado formal.

—Siempre.

Siempre.

Esa palabra se queda flotando entre nosotros.

Empezamos a caminar otra vez.

No nos tocamos.

Pero el espacio entre nosotros ya no es el mismo.

—Ona —dice después de unos pasos.

—¿Sí?

Se queda callado un segundo.

—Nada.

Sonrío.

—Cobarde.

Se ríe.

—Un poco.

Seguimos andando.

El frío ya no molesta tanto.

Y aunque no nos hemos besado,

sé que estamos peligrosamente cerca.