22
Marc
Joel no se calla en todo el camino de vuelta.
—Contrato firmado —dice mientras caminamos hacia el metro—. Firmado. Con bolígrafo. Con tinta real.
—No era para ser astronauta, era un bar.
—Un bar chulo.
—Todos los bares aquí creen que son chulos.
—Este tiene luces industriales.
—Eso no significa nada.
Se ríe solo.
Yo voy medio escuchándolo.
La cabeza está en otro sitio.
En Chinatown. En el semáforo. En ese segundo demasiado largo donde estábamos demasiado cerca y ninguno hizo nada.
El metro está lleno, pero no tanto como otras veces. Nos sentamos frente a frente. Joel sigue hablando de horarios, turnos, propinas, posibilidades de ascenso como si fuera a dirigir el sitio en dos semanas.
Yo miro el reflejo en la ventana.
No me veo como alguien que ha empezado de cero.
Me veo como alguien que está empezando algo.
Y eso da más miedo.
—Estás perdido —dice Joel de repente.
—No.
—Sí.
—No estoy perdido.
—Estás pensando demasiado.
Suspiro.
—No quiero hacerlo mal.
—¿Hacer qué?
No respondo.
Joel me mira como si estuviera evaluando una ecuación sencilla.
—¿Te gusta mucho?
No digo que no.
Eso ya es respuesta.
Se recuesta en el asiento.
—Vale. Entonces hazlo sencillo.
—No es sencillo.
—Es bastante sencillo.
—No lo es.
—Te gusta. Le gustas. No seáis raros.
—No quiero ir rápido.
—Entonces no vayas rápido.
—Pero tampoco quiero ir lento y que piense que no me importa.
Joel me mira como si le estuviera explicando física cuántica.
—¿Sabes qué es lo que sí estropea las cosas?
—¿Qué?
—Sobrepensarlas hasta que dejas de disfrutar.
El metro frena.
Me quedo callado.
Tiene razón.
Odio cuando la tiene.
Llegamos al piso. Joel se tira en el sofá con los brazos abiertos.
—Primer día de trabajo mañana. Estoy oficialmente empleado.
—¡¡¡Felicidades!!!
—¡Gracias! Y tú oficialmente estás en algo.
—No estoy en nada.
Joel levanta una ceja.
—Claro.
Me encierro en la habitación antes de que siga.
Me tumbo en la cama mirando el techo.
No estoy acostumbrado a que algo vaya bien sin que yo lo complique.
Con otras personas siempre había ruido. Competencia. Orgullo. Drama innecesario.
Con Ona no.
Con Ona hay… calma.
Y eso me desarma más que cualquier discusión.
Cojo el móvil.
Su último mensaje está ahí.
Escribo:

Envío.
Respuesta rápida.

Sonrío.
Tardo en enviarlo. No quiero que suene inseguro.
Pero lo mando.
Silencio.
Un minuto.
Dos.
Luego:
Nada más.
Respiro.

Tres puntos.
Desaparecen.
Vuelven.
El pulso me sube un poco.


Me quedo mirando el mensaje más tiempo del necesario.
No me está preguntando nada.
No está pidiendo nada.
Está diciendo algo.
Y eso es más fuerte.
Silencio más largo.
Me pregunto si estoy siendo demasiado seco.
Demasiado prudente.
Pero entonces llega otro mensaje.
Me río solo.


Pasan varios segundos.
No dice “yo”.
No dice “nosotros”.
Dice “esto”.
Lo envío antes de arrepentirme.
Silencio.
El típico silencio en el que miras la pantalla esperando que aparezcan los tres puntos.
Aparecen.
Desaparecen.
Vuelven.

Sonrío.


Ahí está.
No es “quieres quedar”.
No es “te invito”.
Es natural.
Como si ya fuera lo normal.



Confía.
La palabra se queda dando vueltas en mi cabeza.
Confía.
En mí.
En lo que sea que esto esté siendo.
Podría escribir algo más.
Algo ingenioso.
Algo más romántico.
No lo hago.
Dejo el móvil sobre la mesilla.
Cierro los ojos.
Pienso en lo fácil que sería besarla la próxima vez que estemos tan cerca como en el banco.
Pienso en que no quiero que el primer beso sea un accidente.
Quiero que sea porque ninguno de los dos esté huyendo.
Me doy la vuelta en la cama.
No estoy pensando en Ruido Azul.
No estoy mirando estadísticas.
No estoy intentando ser alguien nuevo.
Estoy pensando en mañana.
En abrigos.
En ella caminando por la calle con las manos metidas en las mangas.
Y por primera vez desde que llegué, no tengo ganas de irme corriendo cuando algo empieza a importar.