21
Ona
Clara llega tarde.
Como siempre.
Yo estoy sentada en el sofá fingiendo que estoy viendo algo en el móvil cuando en realidad llevo quince minutos leyendo la misma conversación.
—¿Y? —dice nada más entrar, dejando el bolso en el suelo.
—Y ¿qué?
—No me hagas esto.
Se quita el abrigo sin dejar de mirarme.
—Has estado con él tres horas.
—Dos y media.
—Wow.
—No era una cita.
Clara se deja caer en el sofá.
—¿Entonces qué era?
—Salimos.
—¿Solos?
—Sí.
—Cita.
—No lo hemos llamado así.
—Eso no cambia lo que es.
Me levanto.
—Fuimos a una cafetería tranquila.
—Romántico.
—No era romántico.
—¿Banco en parque después?
La miro.
—Sí.
Clara levanta las manos.
—Señoría, no hay más preguntas.
Me tira un cojín.
—No ha pasado nada.
—Ajá.
—Nada.
—¿Casi?
No respondo.
Eso es suficiente.
Clara se inclina hacia mí.
—Vale. Cuéntamelo todo.
Suspiró.
—Fue… tranquilo.
—Eso es peor.
—Clara.
—Tranquilo es peligroso.
Me dejo caer a su lado.
—No me sentí incómoda.
—Eso es grave.
—No sentí que tuviera que impresionar.
—Eso es más grave.
—Y me contó un poco más.
Clara deja de bromear un segundo.
—¿Qué?
—Que se equivocó. Antes. En algo.
—¿Y?
—Y que no quiere que lo definan por eso.
Clara asiente despacio.
—¿Y tú?
—No me importa.
Me mira.
—Eso ya es distinto.
Silencio pequeño.
—¿Te gusta? —pregunta más suave.
Esta vez no digo que no.
—Sí.
Clara sonríe despacio.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Porque no estás fingiendo que no.
Mi móvil vibra.
Grupo “Sobrevivir a Londres”.
Joel:
Clara grita.
—¡CELEbrACIÓN!
Marc:
Clara me mira.
—Obvio que vamos.
Chinatown siempre parece más brillante de noche.
Farolillos rojos. Letras doradas. Olor a comida que te golpea antes de entrar a cualquier sitio.
Joel está oficialmente eufórico.
—Contrato real —dice por quinta vez.
—No te han coronado rey —dice Clara.
—Aún.
Marc se ríe.
Yo camino a su lado.
No demasiado cerca.
Pero sí más que antes.
Entramos en un restaurante pequeño con mesas juntas y ruido constante.
—Pedimos todo —declara Clara.
—No sabemos cuánto vamos a gastar —dice Joel.
—Celebración, he dicho.
Nos sentamos.
Joel y Clara frente a frente.
Marc y yo al otro lado.
El menú es infinito.
—No entiendo nada —dice Joel.
—Eso es parte de la experiencia —responde Clara.
Marc se inclina hacia mí.
—Elige tú.
—¿Confías?
—Sí.
Pido demasiado.
Clara aprueba.
Joel finge preocupación económica.
La comida llega rápido. Compartimos platos. Risas. Intentos fallidos con los palillos.
—Estás haciendo trampa —le digo a Marc cuando cambia a tenedor.
—Adaptabilidad.
—Cobarde.
Clara mira a Joel.
—¿Ves? Esa energía.
Joel asiente.
—Nosotros también necesitamos eso.
—¿Eso qué es? —pregunto.
—Competencia romántica.
Me atraganto con el agua.
—No es romántica.
Clara y Joel intercambian una mirada demasiado obvia.
—Claro —dice Clara.
Después de comer salimos a la calle.
Las luces reflejan en el asfalto húmedo.
Joel camina delante con Clara hablando de horarios y turnos.
Marc y yo nos quedamos un poco atrás otra vez.
—¿Te arrepientes de hoy? —pregunta.
—No.
—Bien.
Silencio.
No incómodo.
El ruido de la calle lo llena todo.
—Me ha gustado —dice.
—¿El qué?
—Hoy.
No especifica.
No hace falta.
El frío se siente un poco más ahora.
Nuestras manos casi se rozan.
No del todo.
Pero casi.
—Joel está insoportable —digo.
—Lo sé.
—Pero feliz.
—Eso sí.
Paramos en un paso de peatones.
El semáforo tarda demasiado.
Nos miramos.
Más cerca que en el parque.
Más conscientes.
Podría pasar algo.
No pasa.
El semáforo cambia.
Joel grita desde delante:
—¡Vamos, tortugas!
Me aparto un poco.
—Nos van a matar si no cruzamos.
—Probablemente.
Caminamos más rápido para alcanzarlos.
Pero ya no se siente como antes.
Ya no estamos en fase “quizá”.
Estamos en fase “está pasando”.
Y lo sabemos.