Para cuando vuelvas 20
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Marc

Joel está nervioso.

Lo cual es irónico porque no es él quien va a quedar con alguien.

—Tengo entrevista en un bar cerca de Shoreditch —dice mientras se peina por tercera vez usando la cámara frontal del móvil.

—Es para servir cafés, no para casarte.

—Es Londres. Aquí hasta servir cafés requiere personalidad.

—Tú tienes demasiada.

—Exacto.

Mira la hora.

—¿Vas a quedar con ella?

—No es “quedar”.

—Claro.

—Clara trabaja hoy.

—Y qué casualidad que tú también estés libre.

Le ignoro.

El mensaje de Ona llegó hace diez minutos.

He tardado exactamente ocho segundos en responder que sí.

Nos encontramos en la estación de Liverpool Street.

Ella lleva abrigo claro, bufanda gruesa y el lazo negro hoy. Pelo suelto esta vez. Eso es nuevo.

—¿Plan secreto? —pregunto cuando me acerco.

—Confía.

—Eso suena peligroso.

—Un poco.

Caminamos sin rumbo evidente durante varios minutos. Calles más tranquilas que el centro. Tiendas pequeñas. Murales en paredes laterales.

—No habíamos venido por aquí —digo.

—Porque esto es parte dos de Londres. La que no enseñas el primer día.

Paramos frente a un sitio pequeño lleno de plantas y cristales empañados.

Una cafetería tranquila. Nada que ver con Harrington’s.

—Aquí vengo cuando necesito pensar —dice.

Entramos.

El sitio huele a café de verdad. Nos sentamos junto a la ventana.

—Vale —digo—. Esto sí que es un café de verdad.

—Te lo dije.

Pide por los dos sin preguntar.

—Controladora —digo.

—Organizada.

Silencio breve.

No incómodo.

—Joel tiene una entrevista —digo.

—Clara está trabajando desde las ocho. Se queja pero le gusta.

Asiento.

Por primera vez no hay grupo.

No hay ruido.

No hay competencia.

Solo nosotros.

—¿Te dio vergüenza esta mañana? —pregunta de repente.

—¿El qué?

—Despertarte.

Sonríe.

—Un poco.

—A mí no.

—Mentira.

—No.

—Sí.

Me mira.

—Vale. Un poco.

Nos reímos.

El café llega.

Se quita la bufanda despacio.

—¿Te asustan las alturas de verdad? —pregunta.

—A veces.

—Esta vez no lo parecía.

—Tampoco tú parecías nerviosa cuando cantaste la primera vez.

Se queda callada un segundo.

—Lo estaba.

—No lo parecía.

—Eso es práctica.

Bebe un sorbo.

—¿Por qué nadie puede saber quién eras antes? —pregunta con cuidado.

No lo suelta como interrogatorio.

Lo suelta como curiosidad.

Miro el café.

—Porque cuando te equivocas, en internet, no desaparece.

Levanta la vista.

—¿Te equivocaste?

—Si, en un momento.

—¿Hiciste algo horrible?

—No.

—Entonces no me importa.

La respuesta es demasiado rápida.

Demasiado sincera.

Eso me descoloca más que cualquier juicio.

Salimos del café y caminamos hacia un parque pequeño que no conozco.

No es grande. No es famoso.

Pero está casi vacío.

Nos sentamos en un banco.

—Esto sí es plan no turístico —digo.

—Te dije que confiaras.

El viento mueve su pelo.

Lo aparta con la mano.

Hay un silencio más largo.

No incómodo.

Pero distinto.

—¿Esto es una cita? —pregunto antes de poder pensar.

Se queda quieta.

Me mira.

—No sé.

—Yo tampoco.

—Entonces no lo llamemos así.

—Vale.

Silencio otra vez.

Más cercano.

No estamos tocándonos.

Pero estamos más cerca que nunca.

—Me gusta cuando no estás intentando impresionar a nadie —dice.

—¿Intento impresionar?

—Un poco.

—No.

—Sí.

Me río.

Ella también.

Y en ese momento entiendo algo.

No estamos jugando a gustarnos.

No estamos fingiendo que esto es casual.

Estamos avanzando despacio.

Pero hacia el mismo sitio.

Mi móvil vibra.

Joel:

Sonrío.

—Joel ha sobrevivido.

—Eso merece celebración.

—¿Celebración grupal?

—Claro.

Me levanto.

Ella también.

Pero antes de empezar a caminar, se queda quieta un segundo.

Muy cerca.

Podría pasar algo.

No pasa.

Solo sonríe.

—Vamos.

Y caminamos hacia el metro.

No hemos dicho que es cita.

Pero los dos sabemos que lo ha sido.