13
Ona
Después del London Eye caminamos sin rumbo fijo.
Clara insiste en que conoce “atajos secretos”. Joel insiste en que no existen los atajos en una ciudad que no conoces. Los dos siguen discutiendo mientras bajamos hacia el Támesis.
El cielo empieza a ponerse más gris, pero no oscuro todavía. Es ese momento en febrero en el que el frío se cuela un poco más cuando baja el sol.
Me froto las manos sin darme cuenta.
Marc lo nota.
—Siempre te quedas con frío —dice.
—No siempre.
—Sí siempre.
No discuto. Porque es verdad.
Cruzamos el puente hacia la zona del South Bank. Hay músicos callejeros, parejas sentadas en el suelo, gente con cafés en vasos enormes.
El río está tranquilo. Londres suena más lejos aquí, como si el ruido se quedara atrapado detrás de los edificios.
Clara y Joel se adelantan porque alguien está tocando la batería con cubos de plástico y eso es un reto personal para ellos.
Me quedo un poco atrás.
Marc también.
No lo hemos planeado.
Pero pasa.
Nos apoyamos en la barandilla.
El agua refleja las luces que empiezan a encenderse.
—Cuando llegué aquí la primera vez pensé que me iba a arrepentir en una semana —digo.
No sé por qué lo digo ahora.
Él no responde enseguida.
Eso me gusta. No llena los silencios por llenarlos.
—¿Y no lo hiciste? —pregunta al final.
—Sí. Durante meses.
Me río un poco.
—No se lo dije a nadie. Clara estaba emocionada. Yo fingía que también.
Miro el agua.
—Pero me sentía pequeña todo el tiempo. Como si hubiera llegado tarde a algo que todo el mundo ya entendía.
Siento que estoy hablando demasiado.
Pero no paro.
—Aquí todo el mundo parece saber lo que quiere hacer con su vida. Y yo… —me encojo de hombros— solo quería cantar.
Él me mira.
No con pena.
Con atención.
—Eso no es poco —dice.
—A veces lo parece.
Silencio.
El viento mueve mi lazo otra vez. Lo sujeto sin pensar.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Por qué Londres?
Podría decir cualquier cosa fácil.
Pero no lo hace.
—Porque necesitaba que nadie supiera quién era.
Eso me desconcierta.
—¿Y quién eras?
Duda un segundo.
—Alguien que “casi lo consigue”.
No entiendo del todo. Pero entiendo lo suficiente.
—¿Y aquí no eres eso?
—Aquí soy el que acaba de llegar.
Eso me hace sonreír.
—Yo también.
Clara grita algo desde más adelante.
Joel está intentando tocar los cubos del batería y, claramente, lo está haciendo fatal.
—Van a romper algo —digo.
—Probablemente.
No nos movemos todavía.
El cielo está casi azul oscuro ahora. Las luces del puente se reflejan en el agua.
—¿Te acuerdas de la primera vez que escuchaste Ruido Azul? —me pregunta de repente.
Se me acelera un poco el corazón.
—Sí.
—¿Dónde estabas?
—En mi habitación. De noche. Pensé que me caía mal la canción.
—¿Te caía mal?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sonaba segura.
Él baja la mirada.
No dice nada.
—Y yo no me sentía así —añado.
Silencio.
El río sigue moviéndose lento.
—A veces la gente solo parece segura —dice él.
No pregunto más.
No es el momento.
Clara vuelve hacia nosotros.
—Vale, oficialmente tengo hambre.
Joel asiente exagerado.
—Estoy muriendo.
—Drama —dice Clara.
Caminamos hacia un sitio pequeño al lado del río donde hay mesas al aire libre con estufas encendidas.
Nos sentamos.
Clara y Joel siguen con su dinámica de competencia absurda.
Yo miro a Marc.
Él me mira a mí.
No apartamos la mirada tan rápido esta vez.
Cuando volvemos en metro, vamos los cuatro sentados frente a frente.
Clara apoya la cabeza en el cristal.
Joel le enseña algo en el móvil y ella se ríe.
Marc y yo no hablamos mucho.
Pero nuestras rodillas se tocan cuando el tren frena.
Ninguno se aparta.
Cuando salimos a la calle, el frío vuelve.
—Mañana descanso oficial —declara Clara.
—Mentira —dice Joel—. Seguro que tienes otro plan.
—Siempre tengo plan, mañana por ejemplo trabajar.
Nos despedimos en la esquina.
No es dramático.
No es intenso.
Solo:
—Mañana hablamos —dice él.
—Claro.
Subo las escaleras del piso con el corazón demasiado despierto para ser casi de noche.
Clara me mira antes de entrar.
—Ya no estás fingiendo —dice.
—¿Qué?
—Que no te importa.
No respondo.
Porque esta vez, no estoy fingiendo nada.