12
Marc
Joel odia madrugar.
Eso es un hecho.
—No entiendo por qué alguien querría ver a gente cambiarse de sitio a las diez de la mañana —murmura mientras salimos del piso.
—Es tradición.
—Es gente caminando recto.
—Es Londres.
—Es sueño.
Cuando llegamos a Green Park, ellas ya están allí.
Y lo primero que noto no es el parque.
Son ellas.
Van vestidas casi iguales.
Vaqueros rectos azules. Converse. Ona lleva sudadera blanca y las Converse blancas. Clara sudadera negra y Converse negras.
Parecen versión luz y versión sombra del mismo personaje.
—Esto es intencionado —dice Joel en voz baja.
—Claramente —respondo.
Clara nos ve primero.
—Llegáis tarde.
—Son las 10:29 —digo.
—Ya es tarde en espíritu —responde.
Ona sonríe.
Hoy lleva lazo blanco.
No sé por qué me fijo tanto en eso.
Caminamos hacia el Palacio de Buckingham con medio Londres. Hay demasiada gente. Demasiados móviles levantados.
—Os advertimos —dice Clara.
—Esto es peor que un festival —murmura Joel.
Intentamos acercarnos. No se ve nada.
Un señor delante de mí mide como dos metros.
—No veo absolutamente nada —dice Joel.
—Yo sí —dice Clara subiéndose ligeramente a la punta de los pies aunque está claro que tampoco ve.
Ona se ríe.
—Bienvenidos al cambio de guardia.
Suena la música. La gente aplaude. Yo solo veo hombres y músicos con sombreros bastante raros.
—¿Ha cambiado algo? —pregunto.
—Creo que sí —dice Ona.
—Perfecto. Experiencia completa.
Nos rendimos rápido.
Clara declara oficialmente que “la tradición está sobrevalorada” y empezamos a caminar hacia Westminster.
El Big Ben aparece entre edificios como si alguien lo hubiera colocado ahí solo para fotos.
Joel se queda quieto.
—Vale, esto sí impresiona.
—Te lo dije —dice Clara.
Ona me mira.
—¿Primera vez?
Asiento.
—En fotos no parece tan grande.
—Nada parece tan grande hasta que estás delante.
No sé si habla del reloj.
Sacamos fotos obligatorias. Joel nos hace hacer 1 hora de cola para hacerse una foto junto a la cabina telefónica que esta frente al Big Ben.
Ona y yo nos quedamos un poco atrás mientras Clara obliga a Joel a repetir una foto porque “ha salido fatal”.
—¿Te arrepientes de venir? —me pregunta.
—¿A Londres o aquí hoy?
—Ambas.
—No.
Es verdad.
El London Eye gira lento al otro lado del río.
—¿Subimos? —dice Joel de repente.
Clara levanta la vista.
—¿Ahora mismo?
—Claro.
Yo miro la fila.
—Eso son mínimo cuarenta minutos.
—Tenemos tiempo —dice Ona.
Y cuando lo dice así, parece que lo tenemos.
Hacemos la cola. Hace frío, pero no demasiado. Ese frío que te mantiene despierto.
Clara y Joel discuten sobre si merecerá la pena.
Ona me pregunta:
—¿Alturas bien?
—Sí.
—Mentiroso.
—Un poco.
Sonríe.
Subimos.
La cabina es más grande de lo que esperaba. Londres se abre alrededor mientras empezamos a subir.
Joel hace comentarios exagerados. Clara finge que no le impresionan las vistas.
Ona se acerca al cristal.
El viento mueve un poco su coleta.
—Desde aquí parece pequeña —dice mirando la ciudad.
—¿La ciudad?
—Todo.
Me acerco.
No demasiado.
Pero lo suficiente para compartir el reflejo.
—A veces ayuda verla así —añade.
—¿Así cómo?
—Como algo que puedes abarcar.
No sé si habla de Londres o de su vida.
No pregunto.
El London Eye sigue girando.
Abajo el Támesis parece tranquilo.
Arriba todo parece posible.
Cuando bajamos, Clara declara que ahora sí se sienten oficialmente turistas.
Joel propone comida urgente.
Ona me mira.
—Aún queda media ciudad por enseñaros.
—Tenemos tiempo —repito.
Y esta vez lo digo en serio.