10
Marc
Covent Garden de noche parece otro sitio.
Las luces están encendidas aunque todavía no es tan tarde, los puestos siguen abiertos y hay músicos tocando bajo el techo como si el frío no existiera.
No hace ese frío que te congela. Hace ese frío que te obliga a acercarte un poco más.
Clara va señalándolo todo como si lo hubiera descubierto ella.
—Aquí es donde traemos a la gente cuando queremos que Londres impresione —dice.
—O sea que somos plan estratégico —responde Joel.
—Exacto.
Ona camina a mi lado otra vez. Lleva las manos metidas en las mangas de la sudadera.
—Siempre está lleno —dice—. Pero me gusta.
Un violinista está tocando en el centro. La gente forma un círculo pequeño.
Nos quedamos un momento mirando.
Joel le susurra algo a Clara y ella le empuja el hombro.
Están en ese punto en el que todavía no es nada… pero claramente es algo.
El violinista termina y la gente aplaude.
Ona aplaude más fuerte que el resto.
—¿Tú harías eso? —le pregunto.
—¿Tocar aquí?
—Sí.
Me mira como si lo estuviera evaluando en serio.
—Sí. Pero no sola.
No sé si eso significa algo.
Caminamos entre puestos. Velas, ilustraciones, tazas absurdamente caras.
Clara se prueba unas gafas que no necesita.
Joel le dice que parecen de película indie mala.
Ella le amenaza con tirárselas.
Yo me quedo un poco atrás con Ona.
—¿Cuánto llevas aquí? —pregunto.
—Un año.
—¿Y no te has cansado?
Niega con la cabeza.
—Hay días que quiero volver. Pero luego pasa algo y se me olvida.
—¿Como qué?
Piensa un segundo.
—Como hoy.
Eso me deja sin respuesta.
Bajamos por las escaleras hacia la zona de abajo, donde están las terrazas. Hay mesas metálicas, mantas finas sobre las sillas y un pequeño escenario improvisado.
Una chica está cantando con guitarra acústica. Voz suave. Público disperso.
Nos sentamos en una mesa redonda.
Joel pide comida como si llevara semanas sin comer. Clara le dice que no exagere. Él exagera más.
Ona se frota las manos.
—Te estás congelando —le digo.
—No tanto.
Se le nota.
Me quito la chaqueta sin pensarlo demasiado.
—Toma.
Me mira.
—No hace falta.
—Sí hace.
Duda un segundo.
Luego la acepta.
No es gran gesto. Pero cuando se la pone, las mangas le quedan largas.
—Gracias.
Asiento.
La música cambia. El chico que sube ahora tiene voz más grave.
Ona está escuchando atenta. Siempre escucha así. Como si analizara sin que se note.
—¿Te dan ganas de subir? —le pregunto.
—Siempre.
—¿Y por qué no lo haces?
—Porque no quiero que la primera vez sea por impulso.
—Entonces que sea por decisión.
Me mira. Más intensa esta vez.
—Hablas mucho para alguien que no ha tocado hoy.
Me río.
—¿Y si toco ahora?
Levanta una ceja.
—¿Lo harías?
No sé si lo digo en serio hasta que lo digo.
—Sí.
Joel me mira como si estuviera loco.
Clara parece emocionada.
—Hazlo —dice.
No sé en qué momento he aceptado esto.
Me levanto.
Como no llevo guitarra el chico del escenario me deja la suya con una sonrisa rápida.
Subo.
No pienso en Ruido Azul. No pienso en nada viral.
Toco algo nuevo. Algo que no he subido. Algo que nadie conoce.
No miro al público.
Pero la busco a ella.
Está mirando.
No sonríe exagerado. No grita.
Solo escucha.
Y cuando termino, el aplauso es normal. Pequeño.
Pero ella es la primera en aplaudir.
Bajo.
Me siento.
Nadie dice nada durante unos segundos.
Luego Clara rompe el silencio.
—Vale, eso no era “un poco”.
Joel asiente.
—Definitivamente no era “un poco”.
Ona me mira.
La música sigue.
La ciudad sigue.
El frío ya no se nota tanto.
No nos hemos besado.
No hemos dicho nada enorme.
Pero cuando salimos de Covent Garden y caminamos hacia el metro, ya no caminamos en parejas separadas.
Vamos los cuatro juntos.
Y por primera vez desde que llegué, Londres no parece un sitio donde estoy intentando empezar de cero.
Parece un sitio donde algo ya ha empezado.