Para cuando vuelvas 8
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Marc

Joel nunca se arregla.

Pero hoy lleva quince minutos mirando el armario como si estuviera decidiendo qué ponerse para los premios Grammy.

—¿Demasiado? —pregunta levantando una camisa que, claramente, es demasiado.

—Sí.

—¿Muy poco?

—También.

Me mira.

—Tú también estás dudando.

—No.

—Has cambiado de camiseta tres veces.

No respondo.

El piso sigue oliendo a pintura barata y a cables nuevos. Aún no parece nuestro, pero empieza a serlo.

Hoy no es nada importante.

No es una cita.

No es un plan romántico.

Es solo que dos chicas que conocimos en un bar nos van a enseñar la ciudad.

Normal.

Completamente normal.

Miro el móvil.

Ona escribió hace diez minutos:



Sonrío sin querer.

—¿Te ha escrito? —dice Joel sin mirar.

—Sí.

—Te gusta.

—Cállate.

—Te gusta.

Cojo una sudadera gris. Limpia. Casual. Sin parecer que lo he pensado demasiado.

Joel se pone una camiseta negra que le queda demasiado bien.

—No te esfuerces tanto —le digo.

—No me esfuerzo. Nací así.

—Qué pesado.

Salimos.

El metro está lleno. Me gusta que nadie nos mire. Nadie sabe nada. Somos solo dos más.

Camden está más vivo de día.

Mercados abiertos. Puestos de comida. Colores. Música saliendo de altavoces distintos al mismo tiempo.

Las vemos antes de que nos vean.

Clara está gesticulando mientras habla. Pelo suelto, gafas de sol aunque no haya sol. Energía exagerada.

Ona está a su lado. Más pequeña. Lazo azul hoy. Vaqueros claros. Sudadera rosa.

Parece tranquila.

Pero cuando levanta la vista y nos ve, se le ilumina la cara un segundo antes de volver a controlarlo.

—Habéis llegado a tiempo —dice Clara.

—Milagro —añade Ona.

—Tenemos buena reputación que mantener —dice Joel.

Clara sonríe como si ya estuviera compitiendo con él.

Empezamos a caminar entre puestos.

Clara explica cosas que probablemente acaba de inventarse.

—Este puesto lleva aquí desde los noventa —dice señalando algo aleatorio.

—Eso es mentira —dice Ona sin mirarla.

—No lo saben.

Joel se ríe.

Yo camino al lado de Ona.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

—¿Siempre llevas lazos? —pregunto antes de pensar.

Ella me mira.

—Sí.

—¿Por algo?

Se encoge de hombros.

—Me gusta tener algo que esté bajo control.

No sé por qué eso me parece más honesto de lo que suena.

—Tiene sentido.

Silencio cómodo.

Pasamos por una tienda de vinilos. Joel y Clara entran sin preguntar.

Ona y yo nos quedamos fuera un segundo.

—¿Te gusta Londres? —me pregunta.

—Más de lo que esperaba.

—Eso es buena señal.

—¿Y a ti?

—Depende del día.

Me gusta esa respuesta.

Entramos en la tienda.

Joel ya está discutiendo con Clara sobre qué disco es mejor.

—Gracie Abrams es superior —dice ella.

—Eso es debatible —responde él.

—No lo es.

Se miran con una intensidad ridícula.

Ona me mira como diciendo “no puedo con ellos”.

Yo sonrío.

Me acerco a un piano eléctrico que tienen al fondo.

Pulso una tecla.

Ella levanta la cabeza.

—¿Tocas? —pregunta.

—Un poco.

—¿Un poco de verdad o un poco de chico que dice que toca y luego toca increíble?

—Un poco normal.

Se acerca.

—Demuestra.

No sé por qué me pone nervioso.

No es un escenario. No es público.

Es solo ella.

Empiezo a tocar algo sencillo. Nada de Ruido Azul. Nada que me delate.

Ella escucha sin interrumpir.

Cuando termino, asiente.

—No está mal.

—Gracias por tu generosidad.

—No te emociones.

Pero sonríe.

Joel aparece detrás.

—Vale, plan oficial. Primrose Hill al atardecer.

Clara lo mira.

—Eso estaba en nuestra lista.

—Pues ahora es nuestra lista compartida.

Ona me mira un segundo más.

—Te toca aguantar turistas otra vez.

—Mientras no me cobres entrada.

Se ríe.

Y ese sonido se queda un poco más tiempo del que debería.

Salimos de la tienda.

El día todavía es largo.

Y por primera vez desde que llegué, no estoy pensando en lo que dejé atrás.

Estoy pensando en lo que puede pasar hoy.