7
Ona
Clara es peligrosa cuando se aburre.
Y esa noche estaba muy aburrida.
Harrington’s estaba lleno. Demasiado lleno. Música alta, gente de pie, alguien intentando ligar usando una camiseta de Queen como personalidad.
Yo estaba detrás del piano porque Clara decidió que “si no tocas, no evolucionas”.
—Solo una canción —le dije.
—Claro. Como siempre.
Empiezo con algo mío. Algo nuevo. Más rápido. Menos miedo.
Y cuando levanto la vista en el segundo verso…
ahí está él.
Otra vez.
No en la barra esta vez. Más cerca.
No sonríe.
Pero no aparta la mirada.
Termino.
Aplausos normales. Nada espectacular. Me levanto.
Y antes de que pueda escapar, Clara ya está caminando hacia él.
No.
No no no no.
La veo plantarse delante.
Yo me quedo quieta.
Ella habla. Él responde. Ella sonríe. Él se ríe.
Genial.
Cuando vuelven hacia mí, Clara parece demasiado satisfecha.
—Este es Marc —dice como si me estuviera presentando a un profesor invitado.
—Ona —dice él.
Lo sé.
—Ya sé —respondo sin pensar.
Silencio raro.
Clara interviene.
—Acaban de llegar a Londres. Él y su amigo. Joel.
Como invocado, aparece Joel detrás. Moreno, ojos verdes, sonrisa fácil.
—Somos oficialmente inmigrantes con aspiraciones artísticas —dice.
Clara lo analiza.
—Eso suena peligroso.
—Lo somos.
Se miran medio segundo más de lo necesario.
Vale.
Interesante.
—¿De dónde sois? —pregunto.
—Valencia —dice Marc.
Eso me sorprende.
—¿En serio?
—Sí.
—Nosotras somos de Madrid.
—Ah, capital —dice Joel.
—Eso no significa nada —responde Clara.
Empieza una conversación que no controlo.
Hablamos de lo obvio: pisos pequeños, metro caro, lluvia constante.
Pero no es incómodo.
Marc habla poco. Joel habla por los dos.
Clara compite por hablar más.
Yo observo.
En un momento, Liam cambia la música.
Suena Taylor Swift.
Clara me mira.
—Ves. El destino.
Marc sonríe.
—Buen gusto.
—Gracias —respondo.
—¿La cantas siempre?
—Depende del día.
—Hoy parecía buen día.
No sé si eso es coqueteo o simple comentario.
Pero me sube la temperatura dos grados.
Joel mira alrededor.
—No conocemos nada de la ciudad aún.
Clara no tarda ni medio segundo.
—Perfecto. Mañana no trabajamos. Podemos enseñaros cosas.
Yo la miro.
—¿Podemos?
—Sí.
Marc me mira esperando respuesta.
No sé por qué dudo.
No es una cita.
Es un plan grupal.
Es seguro.
—Vale —digo.
—Perfecto —dice Joel—. Guías oficiales contratadas.
Clara sonríe como si acabara de montar algo.
Nos intercambiamos números.
Marc escribe el mío despacio.
Cuando me devuelve el móvil, nuestros dedos se rozan apenas.
Nada exagerado.
Pero lo suficiente.
—Entonces mañana —dice él.
Asiento.
Cuando se van, Clara me agarra del brazo.
—Te gusta.
—No.
—Sí.
—Es nuevo.
—Eso es lo que te gusta.
La miro.
—Y a ti Joel.
—No.
—Sí.
Nos quedamos en silencio un segundo.
Luego las dos sonreímos.
—Mañana —dice Clara.
—Mañana —repito.
Y por primera vez desde que llegué a Londres, la ciudad no parece enorme.
Parece pequeña.
Como si todo empezara a encajar en el mismo mapa.