6
Marc
Londres es raro.
No porque sea enorme. Eso ya lo sabía.
Es raro porque a nadie le importa quién eres.
Y eso es liberador.
Joel y yo tardamos exactamente doce minutos en perdernos el primer día intentando encontrar un supermercado que no pareciera sacado de una película de espías.
—Te dije que giraras antes —dice Joel, mirando el móvil.
—El mapa va con retraso.
—No. Tú vas con retraso.
El barrio está lleno de cafeterías, tiendas vintage y gente que parece vestirse como si cada día fuera una sesión de fotos.
Me gusta.
Nadie mira raro cuando entras con sudadera y ojeras.
El piso sigue siendo pequeño. Pero ya hemos montado el estudio improvisado contra la pared. Cables, portátil, micrófono, la vida normal.
—¿Hoy vuelves al bar ese? —pregunta Joel mientras conecta algo que no necesita estar conectado.
—No es “el bar ese”.
—¿Ah no?
—Se llama Harrington’s.
—Ah. Claro. Muy importante.
Me lanza una mirada sospechosa.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Qué?
—Te gustó.
—¿El café?
—No el café.
Le ignoro.
Salgo solo esta vez.
No quiero que Joel convierta todo en análisis psicológico.
Harrington’s está más lleno que el otro día. Es viernes. Hay gente de pie. Risas. Música que cambia cada tres canciones sin sentido.
Me apoyo en la barra.
—Otra vez tú —dice Liam.
—El café sigue siendo malo.
—Entonces no vuelvas.
—Me gusta el sitio.
Él sonríe.
—Hay música en veinte minutos.
Asiento.
No sé por qué estoy aquí.
Podría estar en cualquier otro sitio.
Podría estar enviando mensajes desde la cuenta anónima.
Podría estar buscando estudios reales.
Pero estoy aquí.
La veo antes de que se siente al piano.
Rubia. Pequeña. Siempre con un lazo. Hoy rojo.
No parece nerviosa.
Pero cuando se sienta, aprieta las manos un segundo antes de empezar.
Eso sí lo veo.
Empieza a tocar algo distinto.
Reconozco la melodía antes de que cante.
Taylor Swift y Gracie Abrams.
“us.”
No esperaba eso.
El local reacciona diferente. Hay chicas que se giran. Alguien canta bajito.
Ella sonríe mientras canta.
No está intentando sonar profunda.
Está disfrutando.
Y eso cambia todo.
No suena como el otro día. No suena enfadada. Suena viva.
Hay un momento en el estribillo donde se ríe porque alguien desafina desde una mesa. Y en vez de molestarse, lo incorpora.
Eso me hace sonreír sin querer.
No está compitiendo.
Está jugando.
Cuando termina, alguien grita:
—¡Más Taylor!
Ella levanta las manos.
—No soy la banda de hoy chicas, lo siento.
Risas.
Se levanta del piano.
Y esta vez sí me mira.
No aparto la mirada.
Un segundo más.
Dos.
Ella es la primera en girarse.
Vale.
Interesante.
Me quedo un rato más.
Escucho a una banda local que suena demasiado fuerte. Joel me manda un mensaje:




Miro el contador.
Ruido Azul acaba de pasar las 60.000 escuchas.
Un comentario nuevo:
“Someone played this in a café in London tonight. It hits different live”.
Me quedo quieto.
Londres.
Café.
Live.
Podría ser cualquiera.
Pero el pulso me sube un poco.
Guardo el móvil.
La vuelvo a buscar con la mirada.
Está hablando con una chica morena. Pelo suelto, risa fuerte. Debe ser su amiga.
La morena me mira.
Y sonríe como si supiera algo.
Mierda.
Pago el café.
Cuando salgo, la lluvia es ligera. La ciudad no parece pesada hoy. Parece eléctrica.
Londres no se siente tan enorme ahora.
Se siente como si estuviera pasando algo.
No sé qué es.
No sé si tiene que ver conmigo.
Pero por primera vez desde que me fui de España no estoy pensando en demostrar nada.
Estoy pensando en volver mañana.