5
Ona
Clara dice que yo me fijo demasiado en los detalles.
Yo digo que ella no se fija en ninguno.
—Te miró —dice desde el suelo del salón, rodeada de cables y una bolsa abierta de patatas.
—No.
—Sí.
—No.
—Ona.
La ignoro. Intento afinar la guitarra mientras ella me observa como si estuviera viendo un documental.
Es domingo. La casa está en ese punto entre desorden creativo y desastre absoluto. Hay ropa en la silla, partituras en la mesa y una taza que no recordamos de quién es.
—Era rubio —sigue Clara.
—Hay muchos rubios.
—Ojos marrones.
—Londres está lleno de europeos.
—Te estaba mirando cuando cantaste.
La miro.
—La gente mira cuando alguien canta.
Clara se incorpora, el pelo oscuro le cae por los hombros como si nunca hubiera conocido un cepillo.
Ella siempre parece recién salida de un ensayo, incluso cuando no lo está. Morena, ojos marrones intensos, camiseta grande, de las que no sabes si es suya o robada de algún ex inexistente.
Yo, en cambio, estoy sentada en el suelo con un lazo negro en el pelo, con la coleta alta perfecta, intentando que todo esté un poco más en orden de lo que realmente está.
Siempre llevo lazos. No sé cuándo empezó. Supongo que me gusta tener algo que sí esté bajo control.
—No miraba como los demás —dice Clara más tranquila—. No estaba grabando. No estaba sonriendo. Estaba… analizando.
—Qué intenso.
—Te gusta.
—No.
—Sí.
Le lanzo una púa.
La esquiva.
—Además —añade—, no era inglés.
—¿Ah no?
—Tenía cara de estar recién llegado.
No sé por qué esa frase me hace pensar.
Recién llegado.
No debería importarme.
No sé su nombre. No sé si volverá. No sé si fue casualidad.
Pero cuando terminé de cantar, lo vi apoyado en la barra. Rubio. Ojos marrones. Quieto.
No aplaudió exagerado. No gritó nada.
Solo se quedó.
Y eso fue raro.
—Estás pensando otra vez —dice Clara.
—No estoy pensando.
—Mientes fatal.
Me levanto.
—Ensayamos, ¿O vas a hacer de detective todo el día?
Clara sonríe.
—Ambas cosas.
Ensayamos durante dos horas. Hoy no nos sale nada.
Eso también pasa.
Yo me frustro más rápido que ella. Siempre ha sido así.
—Estás rígida —dice Clara.
—No.
—Sí.
—No lo estoy.
—Lo estás.
Golpea una cuerda más fuerte de lo necesario.
—Estás cantando como si alguien te estuviera evaluando.
Eso me molesta porque es verdad.
—No era nadie.
—Entonces deja de actuar como si fuera alguien.
Silencio.
Clara nunca suaviza las cosas.
Y por eso la necesito.
Me dejo caer en el sofá.
—¿Y si él también canta? —dice de repente.
La miro.
—¿Qué?
—No sé. Tenía esa cara.
—¿Qué cara?
—Cara de músico.
Me río.
—Eso no es una categoría.
—Sí lo es. La reconozco.
Me acuerdo de cómo se quedó quieto cuando la nota se me rompió. No incómodo. No condescendiente.
Presente.
Eso me inquieta un poco.
—¿Y si vuelve? —pregunta Clara.
—Entonces le cobraré la entrada.
—Eres pequeña pero peligrosa.
—Ni soy pequeña, ni soy peligrosa, punto.
Clara se levanta y me mira desde arriba.
Ella siempre parece ocupar más espacio. No porque sea más grande. Sino porque no duda.
Yo mido menos, pero a veces siento que peso más.
Por la noche bajamos a Harrington’s aunque no tengo turno.
El sitio está igual de caótico que siempre.
Música alta. Luces cálidas. Risas.
Me siento en una mesa con Clara. No estoy en el piano. Hoy solo observo.
Y entonces lo veo.
Otra vez.
En la barra.
Rubio. Ojos marrones. Camiseta blanca esta vez. Más relajado que el otro día.
Está hablando con Liam.
No me mira.
Eso me molesta un poco más de lo que debería.
—Ha vuelto —susurra Clara.
—Es un bar. La gente vuelve.
—No te está mirando.
—Mejor.
—Eso te molesta.
—No.
Clara sonríe con esa expresión que significa “te conozco demasiado”.
El chico se ríe por algo que dice Liam. Tiene una sonrisa fácil. No forzada.
No parece estar intentando llamar la atención.
Eso me confunde.
Yo aparto la mirada primero.
Siempre aparto la mirada primero.
—Ve a tocar —dice Clara de repente.
—No.
—Sí.
—No es mi turno.
—Me da igual.
Antes de que pueda protestar, se levanta y grita:
—¡Ona va a tocar!
Odio a esta mujer.
Las miradas se giran.
No tengo opción.
Camino hacia el piano intentando no mirar hacia la barra.
Pero lo hago.
Un segundo.
Él está mirándome.
No sonríe.
No hace nada.
Solo espera.
Y por alguna razón, eso me da más miedo que cualquier aplauso.
Me siento.
Respiro.
Y empiezo a tocar.