4
Marc
El aeropuerto siempre huele a decisiones que alguien todavía no entiende del todo.
No me despedí de mucha gente.
Mi madre pensó que era una locura. Mi primo dijo que “ Londres está lleno de camareros españoles, suerte con eso.” Un par de colegas dijeron que avisara cuando estuviera petándolo.
Joel y yo no hicimos drama.
—Si sale mal, volvemos —dijo mientras esperábamos en la puerta de embarque.
—No voy para que salga mal.
—Nadie va pensando eso.
Miré el móvil.
Ruido Azul había pasado las 30.000 escuchas.
Sigue sin tener mi nombre. Sigue sin tener mi cara. Sigue creciendo.
No respondí a ningún mensaje.
Ni a los que preguntaban quién era. Ni a los que decían que “esa voz tenía algo distinto”.
No estaba listo.
El avión despegó sin épica. Sin música de fondo. Sin revelaciones.
Solo el ruido de siempre.
Joel se quedó dormido a los diez minutos.
Yo no.
Pensé en lo fácil que sería borrar la cuenta. Cerrar todo. Empezar de cero sin pasado digital.
Pero algo me detuvo.
Si esa canción había llegado tan lejos sola… quizá merecía que yo también lo intentara.
Londres nos recibió gris. Obviamente.
El metro desde el aeropuerto iba lleno de gente que parecía tener prisa por algo que yo todavía no tenía.
Miraba los mapas como si estuviera intentando descifrar un código.
—Zona 2 —murmuró Joel mirando el contrato del piso que habíamos alquilado online—. No está mal.
El piso era pequeño.
Muy pequeño.
Pero tenía ventanas grandes y una pared donde podíamos montar el equipo.
—Tiene potencial —dijo Joel dejando la mochila en el suelo.
—Todo tiene potencial cuando no lo conoces todavía.
Me asomé a la ventana.
Londres no parecía impresionante. Parecía grande. Indiferente.
Y eso me gustó.
Aquí nadie sabía quién era.
Aquí nadie había visto el vídeo.
Aquí nadie me miraba como “el que casi”.
Saqué el portátil antes de deshacer la maleta.
Actualicé.
41.208.
Leí un comentario nuevo:
“This feels like it was written for someone specific.”
Tragué saliva.
No estaba escrito para nadie específico.
O quizá sí.
Pero no sabía para quién.
Joel estaba montando cables cuando le dije:
—Voy a salir.
—¿Ahora?
—Necesito caminar.
No me gusta quedarme quieto cuando todo cambia.
Caminé sin rumbo fijo. Calles estrechas. Gente saliendo de pubs. Luces reflejadas en el asfalto mojado.
No parecía una ciudad esperando nada de mí.
Eso era perfecto.
Pasé frente a un local con música alta que competía con la calle.
Harrington’s.
Desde fuera parecía más bar que cafetería. Dentro se veía movimiento. Luces cálidas. Gente de pie. Una guitarra colgada en la pared.
Me quedé un segundo mirando.
No conocía a nadie. No tenía plan. Pero la música estaba demasiado alta como para ignorarla.
Entré.
El aire era denso. Ruido. Risas. Tazas golpeando madera.
Me apoyé en la barra.
—¿Qué quieres? —preguntó el chico detrás sin mirarme demasiado.
—Café.
—Valiente elección a esta hora.
—Acabo de llegar.
—Eso lo explica todo.
Miré alrededor.
Había un piano en una esquina. No elegante. No protagonista. Pero presente.
Y entonces alguien gritó:
—¡Que toque alguien!
Risas.
Yo di un sorbo al café. Malo. Muy malo.
Y justo cuando estaba pensando en irme, alguien se sentó en el piano.
Una chica.
Coleta alta. Segura al caminar. No al sentarse.
No la reconocí.
No podía.
Pero cuando empezó a tocar…
me quedé quieto.
No era perfecta. No estaba intentando serlo.
Pero había algo.
Algo que no se aprende.
La voz se le rompió en un punto concreto. No lo disimuló.
Eso me hizo levantar la vista del todo.
La gente no se calló completamente.
Pero bajaron el volumen lo suficiente.
Cuando terminó, el aplauso fue sincero.
No enorme. Pero real.
No sé por qué me quedé.
Podría haber salido.
Podría haber sido solo una noche más en una ciudad nueva.
Pero algo me dijo que esa chica estaba peleando contra el mismo ruido que yo.
Y eso no es casual.
Apoyé el vaso vacío en la barra.
—¿Toca siempre así? —pregunté.
El chico detrás se encogió de hombros.
—Cuando le da la gana.
Asentí.
Salí de Harrington’s sin saber su nombre.
Sin saber que había escuchado Ruido Azul esa misma noche.
Sin saber que, a menos de diez metros, la persona que había sentido esa canción estaba respirando el mismo aire.
Caminé de vuelta al piso con una sensación rara.
No era esperanza.
No era miedo.
Era… expectativa.
Londres no parecía tan indiferente ahora.
Subí las escaleras del edificio.
Antes de entrar, miré el móvil.
45.003.
Sonreí sin querer.
Quizá no estaba empezando de cero.
Quizá estaba empezando justo donde debía.