3
Ona
Los viernes en Harrington’s no existen.
Son una especie de guerra.
La música está más alta, las mesas se llenan, y alguien siempre decide que hoy es el día perfecto para discutir de política al lado del piano.
—¡Sube eso! —grita alguien desde el fondo.
—¡Bájalo! —grita otro.
Liam se limita a girar la ruleta de volumen sin mirar.
Yo voy de la barra al piano y del piano a la barra como si tuviera doble vida.
Clara entra a mitad del turno, deja el abrigo en una silla y me hace una señal exagerada con las manos.
—Luego ensayo —le grito.
—¡Lo sé! ¡Pero escucha esto!
Se acerca a la barra y me enseña el móvil.
Ruido Azul.
Más de 20.000 escuchas.
Se me seca la boca.
—¿Desde cuándo? —pregunto.
—Desde anoche. Alguien grande la compartió.
No sé por qué eso me afecta tanto.
No es mi canción.
No conozco al chico.
Pero la siento un poco mía.
Porque la escuché cuando aún no era nada.
Porque me dio rabia.
Porque me hizo querer cantar diferente.
Antes de que pueda decir nada, alguien en el fondo grita:
—¡Pon la nueva de Ruido Azul!
Me quedo quieta.
Liam se gira.
—¿La qué?
—¡La del piano! ¡La que está explotando!
Alguien conecta el móvil al sistema sin pedir permiso.
Y empieza.
Piano.
Directo.
Sin maquillaje.
El ruido del local baja un poco. No del todo. Pero lo suficiente.
Estoy de espaldas a la sala, limpiando una taza que ya está limpia.
La voz entra.
Grave.
Imperfecta.
Firme.
Y de repente no estoy en Harrington’s. Estoy en mi habitación, la primera vez que la escuché.
Si el mar se traga mi nombre…
Alguien tararea.
Otro golpea la mesa siguiendo el ritmo.
Una chica graba un vídeo.
Y siento algo raro en el pecho.
No es admiración.
No es celos.
Es… competencia.
—Te está afectando —dice Clara a mi lado.
—No.
—Sí.
Me apoyo en la barra.
Si él puede hacer eso…
si él puede subir algo así, sin pedir permiso…
¿qué estoy haciendo yo?
Cuando termina, el local vuelve al volumen normal.
Pero yo no.
Me acerco al piano.
Sin avisar.
Empiezo a tocar.
No la suya.
La mía.
Pero diferente.
Más fuerte.
Más directa.
No estoy pensando en sonar bonita.
Estoy pensando en sonar real.
Un par de personas se giran.
Bien.
Dejo que la voz se rompa donde quiera romperse.
No la freno.
No la suavizo.
Cuando termino, el aplauso no es enorme.
Pero es sincero.
Clara sonríe como si hubiera ganado algo.
—Eso —dice.
Respiro.
No sé quién es él.
No sé si vive aquí.
No sé si tiene idea de que su canción acaba de sonar en un café lleno de desconocidos en el centro de Londres.
Pero sé algo.
Si él está empezando…
yo también.
Y esta vez no pienso cantar como si alguien fuera a decirme que pare.