Para cuando vuelvas 2
4%

2

Marc

El día que decidí irme de España no fue épico.

No hubo discurso. No hubo pelea final. No hubo revelación bajo la lluvia.

Fue más simple.

Abrí el portátil.

Entré en la cuenta anónima donde había subido Ruido Azul .

Y el número ya no era pequeño.

3.842 escuchas.

Parpadeé.

Actualicé.

3.917.

No era viral. No era un éxito. Pero no era nada.

Y llevaba meses sintiendo que yo sí lo era.

Joel salió del baño con la toalla al cuello.

—¿Sigues mirando eso como si fuera a hablarte?

—Está subiendo.

Se acercó.

—¿Cuánto?

Le enseñé la pantalla.

Silencio.

—Vale —dijo—. Eso ya no es casualidad.

Me apoyé en la mesa.

La habitación olía a cables calientes y a ropa que debería estar lavada. Nuestro “estudio” era una mezcla de ilusión y precariedad.

Había subido la canción sin nombre. Sin foto. Sin historia.

Porque no quería volver.

No quería que asociaran mi cara con aquella noche.

El bolo.

El vídeo.

Los comentarios.

“Ese chaval conflictivo”.

“Siempre la lía”.

Internet no olvida.

Joel se sentó frente a mí.

—Tío.

—¿Qué?

—Si esto sigue así, te van a encontrar.

—No quiero que me encuentren aquí.

—Entonces vete.

Lo dijo como si fuera fácil.

Como si coger una mochila y empezar de cero fuera cambiar de playlist.

Pero la idea se quedó.

Vete.

No había nada que me atara realmente. Trabajos sueltos. Gente que aún me miraba como el que casi lo consigue y lo arruinó. Locales que no devolvían llamadas.

Volví a mirar el número.

4.102.

Alguien estaba escuchando.

Alguien estaba sintiendo eso.

Y yo seguía en la misma habitación.

Abrí Google.

Vuelos a Londres.

Joel levantó una ceja.

—No estarás…

—¿Por qué no?

—Porque Londres es grande.

—Y Valencia pequeña.

—Pero aquí ya te conocen.

Ese era el problema.

En Londres no.

En Londres sería solo otro músico intentando sobrevivir.

En Londres nadie sabría del vídeo.

Nadie sabría del desastre.

Podría empezar sin tener que defenderme primero.

La canción volvió a sonar desde el portátil.

Si el mar se traga mi nombre…

Quizá no necesitaba que el mar me devolviera la voz.

Quizá necesitaba cambiar de costa.

—Si me voy —dije—, vienes conmigo.

Joel se quedó callado un segundo.

—¿En serio?

—No pienso empezar de cero solo.

Sonrió.

—Siempre quise decir que viví en Londres antes de ser famoso.

—No eres famoso.

—Aún.

Miré la pantalla otra vez.

4.368.

No sabía quién estaba escuchando.

No sabía dónde.

Pero sabía algo:

Si la canción podía moverse sin mi cara…

yo también podía hacerlo.

Reservé el vuelo antes de pensarlo demasiado.

Si lo pensaba demasiado, no lo haría.

Fecha: dos semanas.

Tiempo suficiente para cerrar cosas. Tiempo suficiente para arrepentirme. Tiempo suficiente para no hacerlo.

Joel me dio una palmada en la espalda.

—Te vas a Londres por una canción anónima.

Negué con la cabeza.

—Me voy porque estoy harto de ser siempre “el que casi”.

Esa noche no dormí.

No por miedo.

Por adrenalina.

Miré la maleta abierta en el suelo.

Pensé en lo que dejaba.

Pensé en lo que no sabía.

Pensé en que, en algún lugar, alguien había escuchado Ruido Azul y había sentido algo.

Y si esa persona estaba en Londres…

quizá no estaba tan lejos de empezar de verdad.