1
Ona
El primer café del día siempre sale mal.
No es superstición. Es estadística.
—¡Ona! —grita Liam desde la barra—. ¿Quién ha cambiado el molido?
—No he sido yo.
—Pues alguien lo ha tocado y ahora sabe a tragedia.
Bienvenidos a Harrington’s.
Desde fuera parece un pub viejo que un día decidió vender café en vez de cerveza. Desde dentro, es ruido constante: música demasiado alta, máquinas de vapor silbando, tazas chocando, gente hablando por encima de la música como si competir fuera un deporte…
Las paredes están llenas de pósters firmados, fotos de bandas locales y una guitarra eléctrica roja colgada detrás de la barra que nadie toca pero todos señalan.
Yo llevo delantal negro y coleta alta. Diecinueve años. Española. Intentando no parecer la camarera que quiere ser cantante.
—Está bien —digo probando el espresso—. Dramático, pero bien.
Liam me mira.
—Eso no es una descripción técnica.
—Es honesta.
Él suspira. Yo sonrío. Turno normal.
Harrington’s nunca está en silencio. Ni siquiera por la mañana. Siempre suena algo: rock clásico, bandas nuevas, listas aleatorias que alguien conecta sin pedir permiso.
Me gusta esto.
Si quiero que alguien me escuche cuando toco el piano del fondo, tengo que hacerlo bien. O fuerte.
No hay término medio.
Clara me escribió hace una hora:
Como si yo lo decidiera.
Entre pedido y pedido, me acerco al piano. Está en una esquina, ligeramente elevado, como si alguien hubiera pensado “sí, que toque, pero que no moleste”.
Empiezo a tocar algo rápido. Nada triste. Nada delicado.
Un grupo de estudiantes gira la cabeza.
Bien.
Una chica graba un segundo con el móvil.
No bien. Eso me pone nerviosa.
Termino antes de que la mano me tiemble.
Vuelvo a la barra.
—Deberías hacerlo más —dice Liam mientras limpia un vaso.
—¿Tocar?
—Sí. O irte a hacerlo a otro sitio.
—Siempre dices eso.
—Porque sigues aquí.
No responde con maldad. Lo dice como un hecho.
Y eso es peor.
A las cuatro salgo del turno con olor a café pegado al pelo y las manos manchadas de espuma seca.
Camino rápido hacia el local de ensayo en Camden. Clara ya estará allí. Clara siempre llega antes cuando tiene una idea.
La encuentro conectando el bajo con cara de conspiración.
—Vale —dice nada más verme—. Hoy no quiero balada. Quiero algo que suene como si estuviéramos hartas.
—Yo no estoy harta.
—Mentira.
Empieza a tocar un ritmo más sucio, más rápido. Me obliga a entrar sin pensar demasiado.
Me equivoco. Sigo. Vuelvo a entrar.
Y entonces pasa.
No es mágico. No es perfecto.
Pero es eléctrico.
Nos miramos.
—Eso —dice Clara.
Paramos.
Respiramos.
—¿Y si nunca pasa de aquí? —pregunto sin mirarla.
—¿El qué?
—Nosotras.
Clara deja el bajo.
—Entonces al menos no estaremos contando historias en un bar diciendo “casi”.
Odio cuando tiene razón.
Salimos del local. Llueve. Obviamente.
Compartimos auriculares mientras caminamos hacia el metro. Clara ha puesto una playlist del grupo del festival Son del Mar.
Empieza una canción que no reconozco.
Piano.
Seco. Sin adornos.
Después una voz.
Grave. Rota. Pero firme.
Bajo el volumen de la lluvia mentalmente.
—¿Lo conoces? —pregunta Clara.
Niego.
Miro el móvil.
Ruido Azul. Artista: desconocido.
Seguimos andando.
Si el mar se traga mi nombre, que al menos devuelva mi voz…
No suena producido. No suena perfecto.
Suena seguro.
Y eso me molesta.
—No me gusta —digo.
—¿Por qué?
—Porque es como que no pide permiso, no sé.
Clara sonríe.
—Pues aprende.
No respondo.
La volvemos a poner.
Cuando llego a casa me encierro en mi habitación y busco la canción.
Tiene pocas escuchas. Comentarios preguntando quién es.
La pongo otra vez.
Y otra.
Y algo cambia.
No me siento pequeña escuchándola.
Me siento desafiada.
Apago la luz.
Y por primera vez desde que llegué a Londres, no estoy pensando en volver a casa. Estoy pensando en encontrarlo.