CAPÍTULO 73
VÍBORA
Justo cuando la ola de placer empieza a bajar, cuando mi respiración se vuelve más calmada y mis músculos se aflojan, el sentimiento de culpa aflora a la superficie.
De pronto, en medio de esa niebla del clímax, pienso en ella.
En mi amiga. En cómo hace unas horas le acariciaba el cabello, en cómo me prometí que saldríamos de este infierno las dos.
Y ahora sé que no volverá. La he perdido.
Ni siquiera sé dónde puede estar enterrado su cuerpo para poder adorarla. Hasta eso me han quitado de ella.
Las lágrimas me suben a los ojos sin aviso, y el orgasmo que aún palpita entre mis piernas de pronto lo siento sucio. Me siento egoísta por haberlo disfrutado tanto mientras ella ya no está. La tristeza me golpea como un puñetazo en el pecho, me quita el aire, y un sollozo se me escapa sin permiso.
No quiero que él me vea así, no ahora que acaba de verme tan fuerte, tan valiente.
Me inclino para sentarme en el suelo y él me deja caer con cuidado, agarrándome con cariño.
Me encojo un poco sobre mí misma. La sangre seca me tira de la piel de la cara.
Me abrazo las rodillas contra el pecho, tiemblo del dolor que me produce pensar en ella.
Los brazos de Vito me rodean por la espalda sin preguntar, me envuelven entera.
Apoya la barbilla en mi hombro y no dice nada, solo me aprieta contra su pecho, dejando que llore.
Su mano sube despacio y me acaricia el pelo, apartándome mechones pegados por sangre y sudor.
Bagheera se acerca a nosotros. Roza la cabeza por mis piernas. Hasta ella me da consuelo.
—No he podido salvar a Cara. Se la llevaron —mi voz se quiebra al final.
—Lo siento —susurra por fin, con la voz baja y ronca—. Tenía que haber actuado antes. Pero ahora estoy aquí. Y no te soltaré nunca.
—Ni se te ocurra echarte la culpa. —Lo miro con los ojos llenos de lágrimas—. Has hecho mucho. Has salvado a mi madre. Me has devuelto la vida. Eres mi milagro.
Me deshago del todo en sus brazos. El orgasmo ya se ha ido, pero él sigue conmigo, sosteniéndome mientras lloro por lo que he perdido y por todo lo que hemos roto hoy. Y aunque el dolor me quema por dentro, sé que con él abrazándome así podré soportarlo.
Pienso unos segundos en la libertad que tengo por delante. No sé si sabré adaptarme a mi nueva vida. Tampoco sé si algún día dolerá menos la muerte de mi amiga. Pero no me queda otra que seguir adelante.
—Tenemos que irnos. —Aparta un mechón de mi mejilla—. En cualquier momento puede aparecer Santoro.
Asiento intentando calmarme. Me pongo de pie y Vito me pone su chaqueta por encima. Al abrocharla se me queda a mitad de los muslos y tapa todo lo necesario de mi cuerpo. Echo un último vistazo a Vivaldo, que ahora yace inerte en el suelo con la polla hecha añicos.
Todo el pasado va pasando en imágenes superpuestas por mi mente. He sufrido mucho, demasiado.
—Ojalá te pudras en el infierno y tengas una eternidad de sufrimiento —escupo sobre su cuerpo.
Vito me agarra por la cintura y me dirige a la salida. La pantera nos sigue de cerca, cuidando nuestras espaldas.
Al salir al exterior, observo cuerpos de guardias muertos por todos lados. De repente, al vernos salir, algunos hombres nos apuntan.
—Joder, Vito. Nos tenías preocupado —recuerdo a ese hombre. Creo que se llamaba Baloo.
—Dentro está despejado —afirma Vito a mi lado.
Su brazo sobre mis hombros hace presión y me aprieta más contra su cuerpo en señal de protección.
Todas las personas se empiezan a hacer presentes. Salen de detrás del vehículo, de los árboles, de la leña. Al parecer esto se ha convertido en un campo de batalla.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? Hemos escuchado disparos y gritos —pregunta el Don caminando hasta nosotros.
Tiene el cuello de la camisa desabrochado, al parecer ha tenido que inmiscuirse en la lucha.
—Dentro están todos muertos, incluido el hijo de puta de Vivaldo —responde Vito.
—Aquí fuera hemos tenido una pequeña charla.
Santoro me llamó. Se excusó diciendo que todo lo que había pasado era culpa de Vivaldo, que él era fiel a la familia.
Y que como acto de buena fe, nos entregaba a Maia a cambio de La Nonna, y se la cedí.
Al parecer, sí que hay un topo dentro, porque estaba al tanto de todos mis planes.
Lo bueno es que al hacer esto, ha evitado una guerra —explica.
—En definitiva, que el hijo de puta vuelve a irse de rositas. Libre —espeta Vito.
—Le llegará su hora. No se me olvida lo que prometí, hijo. Yo sí cumplo mi palabra —añade Gepetto con el ceño fruncido.
—Yo le mentí y no cumplí la mía al decir que acataba sus órdenes. He acabado haciendo lo que me ha dado la gana —me informa Vito con el gesto de estar un poco avergonzado.
El Don dirige sus ojos hacia mí. Me está mirando con duda.
Creo que no sabe si acercarse o apartarse.
De repente su mirada expresa culpa. Se le nota en la forma en que frunce ligeramente el ceño, en cómo sus labios se aprietan, parece que quisiera hablar pero no se atreve.
Nos miramos los dos un instante y luego me esquiva.
Recuerdo que estoy llena de sangre, tengo que tener un aspecto horroroso.
Puede ser por eso por lo que yo no sea de su agrado al mirarme o simplemente que de verdad sea buena persona y se sienta culpable de mis desgracias.
De repente, me siento expuesta, pero no me juzga.
—Me alegro de que estés viva, Maia. —Me dedica una media sonrisa de satisfacción—. Bienvenida a la familia.
—Gracias —contesto con la voz quebrada.
Me ha aceptado. Están todos aquí porque venían a salvarme. Me siento tan agradecida que mis ojos no pueden aguantar más y salen lágrimas de emoción.
—Ya estás a salvo —me anuncia el Don.
Pone una mano sobre mi hombro como gesto de consuelo. Sí, era lo segundo que pensaba.
—¿Y Santoro qué? —insiste Vito.
—Ya nos encargaremos de él. De momento creo que lo que necesitáis los dos es volver a casa y recuperaros de todo esto —declara el Don.
—No descansaré hasta verlo muerto —responde Vito.
—Por favor, yo necesito ir a casa —le pido con súplicas.
Me imagino todo el trabajo de aceptación que han tenido que hacer porque la forma en la que Vito mira al Don no es la misma de la otra vez.
Ya no veo rabia ni odio ni orgullo. Solo agradecimiento y cariño.
Me alegro de que Vito haya solucionado sus problemas.
Ahora más que nunca veo esa relación que tienen tan paternal, ese tira y afloja que, por más tensa que esté la cuerda, nunca se rompe.
Porque el cariño y el amor son mucho más fuertes que cualquier sentimiento.
Estoy preparada para empezar una nueva vida junto a él, para dejar todo lo malo atrás. Este es ahora mi futuro, y me he metido en la mafia de lleno. Nunca volveré a ser una simple chica.
Ahora soy la mujer de Pantera.
La Víbora.