CAPÍTULO 72
PANTERA
La miro, se ha puesto de pie, con la boca entreabierta y la barbilla chorreando sangre espesa.
Gotas gruesas le caen del labio inferior, le salpican el pecho, se le deslizan por el cuello y se pierden entre sus pechos.
Hay salpicaduras también en sus mejillas, en su frente, incluso en su pelo revuelto.
Parece que acaba de salir de una carnicería y, joder, nunca la había visto tan hermosa.
Mi guerrera ha luchado con uñas y dientes, nunca mejor dicho.
Sus ojos arden con un odio puro, salvaje, y cuando escupió al suelo ese trozo de carne desgarrada, sentí que había nacido para mí.
Igual de destructiva, imponente y valiente que yo.
Ella lo ha hecho sola. Se ha liberado sin ayuda.
Ha convertido su humillación en arma y le ha arrancado la polla a ese hijo de puta con los dientes, literal.
El cabrón se retuerce en el suelo delante de nosotros, agarrándose la entrepierna destrozada, aullando como un cerdo en el matadero mientras la sangre le brota a chorros entre los dedos, empapando sus pantalones, formando un charco oscuro que se extiende lentamente.
Pero yo no pierdo tiempo en mirarlo a él. Solo la contemplo a ella.
Es una fiera. Como un animal que acaba de matar a su presa.
Examino su mirada, feroz, triunfante, con la cara manchada de sangre y fluidos.
Verla así me produce tanto deseo y orgullo que me atraviesa el pecho y me baja directo a la polla.
Me pone tan caliente que casi duele. Pienso en cómo sus dientes han triturado esa carne, cómo ha apretado hasta arrancar, y me imagino esa misma fuerza, esa misma furia, dirigida hacia mí en el sexo y me endurezco al instante.
Me acerco despacio, pisando el charco de sangre sin importarme.
El tipo sigue gimiendo, pero su voz ya es un ruido de fondo.
Me coloco detrás de ella y paso mis manos por sus brazos, siento su cuerpo cómo tiembla de adrenalina.
Le acaricio el cuello, recojo con los dedos un poco de esa sangre caliente que le chorrea y la extiendo por su piel como si la estuviera marcando.
Ella respira agitada, pero no se aparta; al contrario, echa la cabeza hacia atrás y se apoya en mí, descansando de tanta adrenalina.
—Eres increíble —le susurro al oído, la voz ronca—. Mírate, eres más despiadada y violenta que mi pantera. Mi peligrosa víbora.
Mis manos bajan por su cuerpo, resbalando sobre la sangre y el sudor. Le abro las piernas, con suavidad, y meto la mano bajo sus bragas, entre sus muslos. Está empapada, y no solo de sangre. Está lista para mí.
Encuentro su clítoris, con dos dedos empiezo a frotarlo despacio, en círculos, sintiendo cómo se endurece bajo mi toque. Ella jadea, un sonido gutural que me pone aún más duro.
—Mira lo que siente ella. Observa cómo se corre conmigo —me dirijo a Vivaldo, que nos mira con furia entre alaridos—. Nunca fue tuya. Su cuerpo solo responde a mí.
Él sigue desangrándose delante de nosotros, sus gemidos son cada vez más débiles, pero nosotros ya estamos en otro mundo.
Recojo sangre de su cuerpo y la esparzo por el coño de Maia.
Acelero el ritmo, presiono más fuerte, y ella empieza a moverse contra mi mano, buscando más.
Le muerdo el hombro, saboreando la sal y el hierro de la sangre.
—No sabes lo caliente que me pone verte así cubierta de sangre. Lo salvaje que eres me pone la polla tan dura que podría correrme sin tocármela —le susurro a mi chica al oído.
Sus caderas se sacuden, sus muslos tiemblan y de pronto se tensa entera, agarrándome el brazo con fuerza mientras un orgasmo la atraviesa como un rayo.
Gime alto, sin vergüenza, liberada; un sonido que retumba en la habitación mientras su coño palpita contra mis dedos, empapándome la mano con su placer.
Yo la sostengo contra mi cuerpo, la abrazo fuerte contra mi pecho, sintiendo cómo se deshace en mis brazos, y como pierde la fuerza.
Y mientras ella se corre, Vivaldo da su último estertor y se queda quieto, desangrado por completo.
Sonrío contra su cuello de forma maliciosa. No podría haber imaginado mejor final para él.
Mi víbora.
Libre al fin.
Y mía para siempre.